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Algo del Evangelio

Algo del Evangelio

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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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📈 Análisis del canal de Telegram Algo del Evangelio

El canal Algo del Evangelio (@algodelevangelio) en el segmento lingüístico de Español es un actor destacado. Actualmente la comunidad reúne a 13 649 suscriptores, ocupando la posición 6 313 en la categoría Religión y espiritualidad y el puesto 242 en la región Argentina.

📊 Métricas de audiencia y dinámica

Desde su creación el невідомо, el proyecto ha mostrado un crecimiento acelerado, reuniendo a 13 649 suscriptores.

Según los últimos datos del 24 septiembre, 2026, el canal mantiene una actividad estable. En los últimos 30 días la variación de miembros fue de -96, y en las últimas 24 horas de -3, conservando un alto alcance.

  • Estado de verificación: No verificado
  • Tasa de interacción (ER): El promedio de interacción de la audiencia es 28.30%. Durante las primeras 24 horas tras publicar, el contenido suele obtener 21.80% de reacciones respecto al total de suscriptores.
  • Alcance de las publicaciones: Cada publicación recibe en promedio 3 863 visualizaciones. En el primer día suele acumular 2 975 visualizaciones.
  • Reacciones e interacción: La audiencia responde de forma activa: el promedio de reacciones por publicación es 0.
  • Intereses temáticos: El contenido se centra en temas clave como dio, señor, juan, discípulo, evangelio.

📝 Descripción y política de contenido

El autor describe el recurso como un espacio para expresar opiniones subjetivas:
“El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail...”

Gracias a la alta frecuencia de actualizaciones (últimos datos recibidos el 25 septiembre, 2026), el canal mantiene la vigencia y un amplio alcance. La analítica demuestra que la audiencia interactúa activamente con el contenido, lo que lo convierte en un punto de referencia dentro de la categoría Religión y espiritualidad.

13 649
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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_43b_45_XXV_Sabado_durante_el_año.mp33.07 MB

Algo del Evangelio de hoy es un anticipo de la constancia que Jesús tuvo en su vida, hasta el final, incluso sabiendo lo que le esperaba. Las palabras de nuestro Maestro parecen ser pesimistas o extrañas. Son un anuncio de «pájaro de mal agüero», como dice el dicho. «Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, él dijo a sus discípulos: “Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”». En medio de la admiración, no se guardó el vaticinio de lo que vendría. Todo parecía muy lindo, todos lo elogiaban, los discípulos iban felices y orgullos de ser sus amigos –seguro que con el pecho inflado–, pero él no tuvo problema en decirles la verdad: en algún momento llegaría la cruz. ¿Por qué Jesús actúo de esa manera?, podríamos preguntarnos. ¿Por qué en medio de la euforia y la fascinación por los prodigios que hacía les dio tan mala noticia? Bueno, las respuestas podrían ser muy variadas. La más simple y concreta es por la sencilla razón que les dijo la verdad. Quería que sepan la verdad, no tenía por qué ocultarla. El espanto ante la cruz hubiese sido mucho peor de lo que fue si Jesús les hubiera ocultado lo que iba a pasar, lo que las autoridades y el mismo pueblo le iban a hacer. Lo increíble es que, aun sabiendo la verdad, sus amigos en el momento del dolor huyeron despavoridos. No pudieron soportar su miedo y se escondieron. Otra respuesta, enlazada con la primera, es que Jesús quiso prepararlos para el momento de dolor, aunque parezca que por los hechos no valió la pena, que no sirvió para nada. Sin embargo, no es así, porque el discípulo amado sí estuvo en la cruz con María y las mujeres y, a pesar de que todos se escaparon, e incluso lo negaron como Pedro, esas palabras quedaron grabadas en sus corazones, como espina en su consciencia, como enseñanzas para sus propias vidas, para lo que vendría, la vida de la Iglesia –la tuya y la mía–. No deberíamos tener problema en decir todos que, tarde o temprano, nos tocará de alguna manera pasar por la cruz de esta vida. No sería malo también decírselo a tus hijos, a los que tenés a cargo. Sería de necios ocultar o pintarrajear la vida de color de rosas cuando la experiencia nos enseña y nos dice que cierto sufrimiento es inevitable, tengamos fe o no. Ese es otro cantar. Ver y entender la vida con toda su belleza y crudeza es necesario. Es falsa la espiritualidad cristiana de un optimismo medio ingenuo, mal entendido; de una alegría sin fin, sin cruces, sin entrega, sin sacrificios. Y esto es algo que lamentablemente muchos hoy lo proponen, creyendo que será más atractiva la decisión de seguir a Jesús. Sin embargo, es un engaño que no da frutos, que es «pan para hoy y hambre para mañana». Por eso tantos abandonan la fe, porque no se les dijo todo de un principio. También es falsa la espiritualidad cristiana casi masoquista, que habla exclusivamente del dolor y del sacrificio olvidándose de la belleza de la vida y que, además, la cruz, para el que ama, termina siendo gozosa y llena de vida. Conclusión: como siempre, ambas dimensiones van de la mano y no se pueden separar. Lo vivió Jesús. Lo anunció, lo anticipó también cuando dijo: «Tendrán un gozo que nadie les podrá quitar». Y por eso quiere que nosotros también podamos comprenderlo, aunque a veces nuestro entendimiento parezca velado. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com p. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 43b-45: La escucha de la Palabra de Dios no debe carecer de algo fundamental: la constancia. La constancia es una de las virtudes que más escasean en nuestros corazones, de aquellos que se proponen alcanzar una meta y, por supuesto, de los que nos propusimos seguir a Jesús, nuestro Maestro. Son muchas las situaciones o los textos de la Palabra de Dios en los que se menciona esta virtud. Recuerdo ahora cuando Jesús les dijo a sus discípulos: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas», o bien cuando les explicó la parábola del sembrador y les dijo: «…pero no la deja echar raíces, porque es inconstante» –por lo negativo–. No vamos a explicar estos textos, pero me gustaría que nos quedemos con esta idea de fondo en este sábado, en el que intentamos perseverar, ser constantes en la escucha diaria, de la maravillosa aventura de conocer lo que Dios Padre desea de nosotros. Son muchísimos los testimonios de personas, de corazones que gracias a la constancia fueron encontrando el camino de Jesús, que van descubriendo la maravillosa propuesta del seguimiento, y lo equivocado que estamos, a veces, cuando no sabemos interpretar sus palabras y enseñanzas. En realidad, no necesito contarte los testimonios, incluso, si te animás, podés dejarnos el tuyo en nuestra página: www.algodelevangelio.org. Porque es algo que podés comprobar por vos mismo, vos misma, con la experiencia de tu vida. ¿Cuántas cosas alcanzaste gracias a tu constancia, gracias a no haber bajado los brazos nunca, a seguir luchando y confiando? Si logramos tantas cosas materiales o proyectos o sueños gracias a la constancia, a la tenacidad… ¿cómo bajar los brazos en la escucha de la Palabra de Dios? ¿Cómo rendirse cuando vamos descubriendo que solo él puede darnos la alegría del corazón, el gozo eterno? Recuerdo que en una caminata que hicimos con mi comunidad una vez en la montaña, una de las mujeres que se animó a desafiar la naturaleza –bastante más grande que los jóvenes que caminaban– en un momento sintió que no podía más, que sus piernas ya no le respondían, y entonces, con mucho dolor, incluso llorando, decidió quedarse. Sin embargo, seguíamos mirándola, mientras subíamos, con la esperanza de que se iba a levantar. Habíamos propuesto que ella se quede ahí, que nos espere para la vuelta. Seguíamos mirando y soñábamos que se iba a animar a seguir, a ser constante en sus pasos, en su decisión. ¿Y sabes qué? Fue así. De repente, nos dimos vuelta en un momento y vimos que tomó su bastón para seguir y llegó nomás. Llegó con lágrimas en los ojos, pero llena de gozo por haber podido, valga la redundancia, lograr lo que soñaba: llegar a la cumbre. Eso es lo que a veces nos pasa en la vida. Esa debe ser nuestra actitud para seguir y amar a Jesús (no bajar los brazos, aunque parezca imposible, volver a levantarnos si nos caímos, una vez más, volver a confiar, ser constantes). Lo mismo hizo Jesús en su vida, en su paso por la tierra. Lo mismo sigue haciendo, o ayudando a que podamos hacerlo nosotros. Jamás baja los brazos, siempre nos busca. Siempre desea que lo busquemos. No se cansa de esperarnos, es constante, incluso en el dolor.

Sábado 26 de septiembre - Lucas 9, 43b-45 - XXV Sábado durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 43b-45 Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto. Palabra del Señor.

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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_18_22_XXV_Viernes_durante_el_año.mp33.41 MB

Jesús buscaba momentos de oración solitarios, pero lleno de la compañía de su Padre del cielo. Es lo que también necesitamos siempre nosotros, vos y yo, en el día a día. Es como el aire de nuestra alma que necesitamos para poder vivir. Tiene que ser como el aire para nuestros pulmones. Sin este aire de la oración, no podemos respirar. Por eso todos necesitamos vivir, de algún modo, en un ambiente de silencio o buscar el silencio de alguna manera. Vos que sos mamá y madre, necesitás siempre empezar el día estando sola un ratito, o también al terminarlo cuando todos se van a dormir; apagar la luz de tu habitación y sentarte en el sillón y estar con Dios, con tu Padre, «que ve en lo secreto y, que viendo en lo secreto, te recompensará»; dejar todo, frenar para pensar y ofrecer todo lo que hiciste, todo lo que entregaste en ese día, para darle verdadero sentido a tu día. Jesús estando con sus discípulos lo hizo. También nosotros podemos hacerlo y lo necesitamos. Vos que sos varón, padre o no, pero te la pasás trabajando todo el día, si no frenás cinco o diez minutos por día y te apartás para mirar lo que hiciste, para descargar las cosas que viviste, las tensiones, para agradecer la mujer que tenés, para maravillarte del don de la vida de tus hijos –los que están y los que están viniendo–, ¿cómo pensás que vas a llegar a fin de mes o a fin de año? Es imposible. No solo tenemos que pensar cómo llegar a fin de mes con el dinero, sino con el corazón. ¿Cómo pensás que vas a llegar? Si tenemos dinero, pero nos falta la paciencia y la paz del corazón, ¿de qué sirve haber llegado a fin de mes o incluso que nos sobre? Y vos que sos hijo o hija, y estudiás o trabajás o vas al colegio o cursás en la facultad, en la universidad, y también esperás que llegue el fin de semana para hacer mil cosas y no perderte nada con tus amigos, ¿cómo decís que no podés frenar diez o quince minutos por día para estar en silencio con tu Padre del cielo que siempre te escucha? ¿Es posible poner tantas excusas? ¿Cuánto tiempo pasamos frente al celular, a la televisión, a la computadora y a las cosas que nos gustan? ¿Es verdad realmente que no podemos estar diez minutos en silencio con nuestro Dios? Pensémoslo, porque sin momentos a solas con Dios, no podemos pretender conocerlo y crecer en la fe. Nuestra fe va a ser «superficial». Y vos, que sos sacerdote, consagrada, consagrado, ¿cómo es posible que pierdas el hábito de la oración? Ese que te llenó el alma cuando te dijiste que sí al Señor. En definitiva, es una cuestión de amor. No alcanza a veces con escuchar este audio de cinco, seis o diez minutos. Es necesario profundizar, estar con Dios en una Iglesia en silencio, en una habitación, en tu jardín. Todos podemos hacerlo, no hay excusas. San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina, hace muchísimos años, dijo algo muy, muy lindo y muy importante: «El que dice que no tiene tiempo para orar, para estar a solas con Dios, lo que le falta no es tiempo, sino amor». Es así, tenemos que aceptarlo. Es una cuestión de amor. A todos nos falta mucho amor. Nos falta esa certeza de que la oración es realmente un diálogo con nuestro Padre. Dios quiera que hoy podamos lograr esos cinco o diez minutos –aparte de este audio– de silencio para estar a solas con nuestro Padre, para profundizar lo que escuchamos, para agradecer lo que tenemos. Podemos hacerlo, inténtalo. Podemos hacerlo. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com p. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 18-22: Continuando con la reflexión tan profunda que podemos hacer del evangelio del domingo, que sería interminable, son tantos los temas que se pueden desmenuzar de esa parábola llena de enseñanzas y, al mismo tiempo, llena de misterio y dificultad para nuestros pensamientos, que no siempre son los de Dios. Podríamos decir que esos trabajadores de la primera hora que no supieron comprender la actitud del propietario al darles lo mismo a cada uno y que, finalmente, terminaron protestando contra su dueño, no comprendieron tanta bondad, no les entró en el corazón. Como lo hacemos también nosotros con Dios en el fondo, cuando no nos gusta que sea tan bueno, cuando vemos que aquellos que trabajaron menos por Él, reciben lo mismo. Podríamos decir tres cosas que tienen que ver con esta actitud de protesta con Dios, que después motivaron la respuesta: «¿Por qué tomas a mal que sea bueno?» Creo que la envidia es una de ellas. La envidia hace que estemos mirando los bienes de los demás o bien que no nos alegramos con el bien de los otros. Eso les pasó a esos trabajadores de la primera hora. Miraron el bien de los otros y no supieron alegrarse. Se olvidaron de que el propietario, de que Dios, estaba siendo justo con ellos porque les estaba dando lo que les había prometido. Lo demás, ¿qué importa? Si yo recibo lo que a mí me prometieron, ¿qué me importa lo que reciben los otros? Lo segundo es que no se sintieron hermanos. No estaban hermanados. Como nos pasa también a nosotros, que no terminamos de comprender que para Dios somos todos sus hijos y, por lo tanto, somos todos hermanos y que no es una carrera de méritos para llegar al cielo, sino que el mérito ya nos lo ganó Jesús, como decíamos ayer. Por lo tanto, para saber alegrarse con el bien de los otros, hay que realmente sentirse hermanos y eso es un camino de toda la vida y que cuesta muchísimo. Y lo tercero, que podríamos decir que le pasó a estos trabajadores, es que trabajaron en el fondo interesadamente. Y, para trabajar para Dios, hay que trabajar desinteresadamente, no pretendiendo otra cosa que lo que Él nos promete y que no es otra cosa que la Vida eterna. Aquel que trabaja por interés, pensando que con Dios es una especie de comercio -que doy para que me des-, termina en el fondo enojado, porque se choca contra los intereses de los demás. Hay que trabajar por el interés de Dios, que es que todos los hombres se salven, que todos conozcan su amor y que todos algún día lleguen al cielo. Al escuchar el evangelio, en general y cambiando de tema, nos tiene que llevar siempre a una actitud de oración, una actitud orante. El evangelio, la Palabra de Dios, no es para estudiar, para sacarle grandes conclusiones; es más bien para rezar, o sea, para entrar en diálogo con Dios, para abrir el corazón, aunque está bien -por supuesto- que otros lo estudien. Por eso pienso que podemos quedarnos con una actitud muy linda de Algo del evangelio de hoy, cuando dice que Jesús oraba a solas.

Viernes 25 de septiembre - Lucas 9, 18-22 - XXV Viernes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 18-22 Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.» «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios.» Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.» Palabra del Señor.

Te invitamos a sumarte al vivo que realizarán el Padre Rodrigo Aguilar y el Padre Mariano Maio este jueves 24/09/26 desde la
Te invitamos a sumarte al vivo que realizarán el Padre Rodrigo Aguilar y el Padre Mariano Maio este jueves 24/09/26 desde la cuenta de AlgodelEvangelio en YouTube. ¡Te esperamos! 🙏 🇦🇷 20:30 hs Argentina 🇻🇪 Venezuela: 19:30 hs 🇲🇽 México: 17:30 hs 🇨🇴 Colombia: 18:30 hs 🇺🇸 EEUU (Miami): 19:30 hs 🇨🇱 Chile: 20:30 hs 🇨🇷 Costa Rica: 17:30 hs

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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_7_9_XXV_Jueves_durante_el_año.mp33.20 MB

Pero eso a veces nos pasa a nosotros esto en la vida. Nos podemos pasar la vida buscando a un Jesús deslumbrante, maravilloso; buscando a un Dios que se nos manifieste a lo grande, y no nos damos cuenta de que Dios al hacerse hombre vino justamente a darnos vuelta ese pensamiento. Vino a hacer de lo ordinario algo extraordinario, de lo sencillo algo grande. Vino a divinizar lo humano, o sea, hacer de las cosas ordinarias de nuestra vida, algo trascendente, algo grande, darles un valor infinito. A nosotros puede pasarnos lo mismo, podemos tener a Jesús al lado: en un enfermo, un pobre que nos pide y que nos cruzamos a veces todos los días, en nuestra madre que nos necesita, en algún enfermo de la familia, en alguien que está solo, en la Palabra de Dios que escuchamos todos los días y la tenemos en nuestras manos, en la Eucaristía diaria y dominical –en la posibilidad de recibirla–, en la posibilidad de recibir el perdón también en la confesión. En todas esas circunstancias tenemos la presencia viva de Jesús. Pero, si no somos capaces de verlo -y no porque Él no esté, sino porque estamos ciegos-, nos pasamos la vida esperando grandes cosas y nos perdemos la oportunidad de encontrarlo y de encontrarnos con Jesús, a quien tenemos siempre presente de tantas maneras. Puede ser una etapa de la vida espiritual o de fe, tuya o mía, el buscar a Dios en lo milagrosamente visible, dicho así nomás -visible con nuestros sentidos-. Puede pasarnos que, en un principio, andemos de milagro en milagro o buscando apariciones, revelaciones privadas por todo el mundo -a ver qué dicen, qué no dicen-, para encontrar confirmaciones de lo que creemos o queremos creer. Hasta te diría que es normal y a veces necesario, si no Dios no permitiría que pasen estas cosas, estas apariciones o revelaciones, que claramente a veces existen. Pero, al mismo tiempo, es necesario ir desprendiéndose de ese modo de encontrar a Jesús en nuestra vida, para no depender absolutamente de eso, que es esporádico y circunstancial, porque no es lo normal y ordinario. Él está siempre, lo veamos o no. No depende de nuestros sentidos o sentimientos o de lo que dicen los otros; depende de Él, de su presencia, que está siempre. Y somos nosotros los que tenemos que ir madurando y dándonos cuenta de que su presencia es más normal de lo que imaginamos y más cotidiana de lo que pretendemos. Si estamos todavía detrás de grandes cosas, es porque en realidad -como Herodes y algunos de ese tiempo- no sabemos bien quién es Jesús y qué es lo que vino a hacer. Pidamos más fe para creer que Él está en lo humano y que en lo humano encontramos lo divino y que no hay que darle muchas vueltas. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 7-9: ¿Es posible enojarse porque Dios sea tan bueno? ¿Es posible? ¿Te lo preguntaste alguna vez? Sí, yo diría que sí y mucho más normal de lo que creemos, aunque a veces no se hace consciente. Dios Padre es muy, pero muy bueno; tan, pero tan bueno que no cabe en nuestros pensamientos, que no son los de Él. Esa también es una verdad que trataba de expresarnos la parábola del evangelio del domingo. A veces quisiéramos que Dios sea justo como nosotros pretendemos que sea justo, y no tan misericordiosamente justo, como lo que realmente es. Hay muchísimos cristianos que se creen «los primeros» por su manera de vivir, por su manera de pensar, por lo que saben de la fe. Y por eso serán los últimos, cuando se crean los primeros. Muchísimos, más de los que imaginamos. Incluso vos y yo podemos estar en esta lista, de los que se creen los primeros y con más derechos que otros. Y, al mismo tiempo, hay muchísimos hijos de Dios que para el mundo «son los últimos», que parecen «los últimos», que parecen no convertirse nunca, que son considerados «los del fondo», y finalmente, aunque nos duela, aunque nos cueste entender, serán los primeros en llegar a recibir el regalo del cielo si aceptan trabajar para el Señor, aunque sea en el último instante de su vida, como el buen ladrón. ¿Te acordás de ese buen ladrón que murió al lado de Jesús? Parecía el último y fue el primero en entrar en el Reino de los Cielos. Si sos de los que se enojan por la gran bondad de Dios, por la infinita bondad de Dios, pedile que te ablande el corazón. No te enojes por el hecho de que Dios sea bueno y haga con su amor lo que le parece. Vos harías lo mismo con tus hijos. No hay peor enojo que el enojo por el derroche de amor de Dios, que justamente vino a mostrarnos y a enseñarnos ese camino. Vuelvo a decirte lo mismo: esto no tiene nada que ver con la justicia humana o con los méritos que podamos hacer para alcanzar ciertas cosas en este mundo. Tiene que ver con la gracia, que es gratis, que es regalo; con la invitación de Dios que es a trabajar por Él, que será hasta el final (no importa en el momento de la vida que estemos). Y en Algo del evangelio de hoy vemos claramente a Herodes que no sabe bien quién es Jesús: «¿Quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» En realidad, Herodes estaba desconcertado porque la misma gente tampoco sabía bien quién era Jesús. Pensaban que era un resucitado, un antiguo profeta o Juan el Bautista. Fijate como a veces es más fácil pensar en cosas raras, o digamos espectaculares o maravillosas, que pensar en lo normal, en lo ordinario. Era más fácil pensar que ese llamado Jesús era alguien que había resucitado que pensar o saber realmente quién era. Era un hombre. Sí, era un hombre. Pero también sabemos nosotros que era Dios hecho hombre, Dios encarnado, y por eso costaba tanto creer. Por supuesto, a nosotros me imagino que nos hubiese pasado lo mismo. No es fácil creer que Dios sea tan como de los nuestros, que sea tan normal, digamos. No es fácil creer que Dios se haya hecho hombre. No es fácil creer que lo trascendente se haya hecho parte de nuestra vida. No es fácil pensar que lo inaccesible se hizo accesible. No es fácil pensar que lo divino se manifieste en lo humano. No es fácil creer. Claro, si tenés fe me dirás: «No, para mí sí». Bueno, pero, si no tenés fe, el que no tiene fe si no cree por la gracia, si no se le toca el corazón -de alguna manera-, su razón se choca contra alguna barrera, aunque hay razones para creer. Pero ese es otro tema.