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Algo del Evangelio

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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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Channel Algo del Evangelio (@algodelevangelio) in the Spanish language segment is an active participant. Currently, the community unites 13 652 subscribers, ranking 6 317 in the Religion & Spirituality category and 240 in the Argentina region.

📊 Audience metrics and dynamics

Since its creation on невідомо, the project has demonstrated rapid growth, gathering an audience of 13 652 subscribers.

According to the latest data from 23 September, 2026, the channel demonstrates stable activity. Although there has been a change in the number of participants by -94 over the last 30 days and by -3 over the last 24 hours, overall reach remains high.

  • Verification status: Not verified
  • Engagement rate (ER): The average audience engagement rate is 28.49%. Within the first 24 hours after publication, content typically collects 21.80% reactions from the total number of subscribers.
  • Post reach: On average, each post receives 3 889 views. Within the first day, a publication typically gains 2 976 views.
  • Reactions and interaction: The audience actively supports content: the average number of reactions per post is 0.
  • Thematic interests: Content is focused on key topics such as dio, señor, juan, discípulo, evangelio.

📝 Description and content policy

The author describes the resource as a platform for expressing subjective opinions:
“El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail...”

Thanks to the high frequency of updates (latest data received on 24 September, 2026), the channel maintains relevance and a high level of publication reach. Analytics show that the audience actively interacts with content, making it an important point of influence in the Religion & Spirituality category.

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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_18_22_XXV_Viernes_durante_el_año.mp33.41 MB

Jesús buscaba momentos de oración solitarios, pero lleno de la compañía de su Padre del cielo. Es lo que también necesitamos siempre nosotros, vos y yo, en el día a día. Es como el aire de nuestra alma que necesitamos para poder vivir. Tiene que ser como el aire para nuestros pulmones. Sin este aire de la oración, no podemos respirar. Por eso todos necesitamos vivir, de algún modo, en un ambiente de silencio o buscar el silencio de alguna manera. Vos que sos mamá y madre, necesitás siempre empezar el día estando sola un ratito, o también al terminarlo cuando todos se van a dormir; apagar la luz de tu habitación y sentarte en el sillón y estar con Dios, con tu Padre, «que ve en lo secreto y, que viendo en lo secreto, te recompensará»; dejar todo, frenar para pensar y ofrecer todo lo que hiciste, todo lo que entregaste en ese día, para darle verdadero sentido a tu día. Jesús estando con sus discípulos lo hizo. También nosotros podemos hacerlo y lo necesitamos. Vos que sos varón, padre o no, pero te la pasás trabajando todo el día, si no frenás cinco o diez minutos por día y te apartás para mirar lo que hiciste, para descargar las cosas que viviste, las tensiones, para agradecer la mujer que tenés, para maravillarte del don de la vida de tus hijos –los que están y los que están viniendo–, ¿cómo pensás que vas a llegar a fin de mes o a fin de año? Es imposible. No solo tenemos que pensar cómo llegar a fin de mes con el dinero, sino con el corazón. ¿Cómo pensás que vas a llegar? Si tenemos dinero, pero nos falta la paciencia y la paz del corazón, ¿de qué sirve haber llegado a fin de mes o incluso que nos sobre? Y vos que sos hijo o hija, y estudiás o trabajás o vas al colegio o cursás en la facultad, en la universidad, y también esperás que llegue el fin de semana para hacer mil cosas y no perderte nada con tus amigos, ¿cómo decís que no podés frenar diez o quince minutos por día para estar en silencio con tu Padre del cielo que siempre te escucha? ¿Es posible poner tantas excusas? ¿Cuánto tiempo pasamos frente al celular, a la televisión, a la computadora y a las cosas que nos gustan? ¿Es verdad realmente que no podemos estar diez minutos en silencio con nuestro Dios? Pensémoslo, porque sin momentos a solas con Dios, no podemos pretender conocerlo y crecer en la fe. Nuestra fe va a ser «superficial». Y vos, que sos sacerdote, consagrada, consagrado, ¿cómo es posible que pierdas el hábito de la oración? Ese que te llenó el alma cuando te dijiste que sí al Señor. En definitiva, es una cuestión de amor. No alcanza a veces con escuchar este audio de cinco, seis o diez minutos. Es necesario profundizar, estar con Dios en una Iglesia en silencio, en una habitación, en tu jardín. Todos podemos hacerlo, no hay excusas. San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina, hace muchísimos años, dijo algo muy, muy lindo y muy importante: «El que dice que no tiene tiempo para orar, para estar a solas con Dios, lo que le falta no es tiempo, sino amor». Es así, tenemos que aceptarlo. Es una cuestión de amor. A todos nos falta mucho amor. Nos falta esa certeza de que la oración es realmente un diálogo con nuestro Padre. Dios quiera que hoy podamos lograr esos cinco o diez minutos –aparte de este audio– de silencio para estar a solas con nuestro Padre, para profundizar lo que escuchamos, para agradecer lo que tenemos. Podemos hacerlo, inténtalo. Podemos hacerlo. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com p. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 18-22: Continuando con la reflexión tan profunda que podemos hacer del evangelio del domingo, que sería interminable, son tantos los temas que se pueden desmenuzar de esa parábola llena de enseñanzas y, al mismo tiempo, llena de misterio y dificultad para nuestros pensamientos, que no siempre son los de Dios. Podríamos decir que esos trabajadores de la primera hora que no supieron comprender la actitud del propietario al darles lo mismo a cada uno y que, finalmente, terminaron protestando contra su dueño, no comprendieron tanta bondad, no les entró en el corazón. Como lo hacemos también nosotros con Dios en el fondo, cuando no nos gusta que sea tan bueno, cuando vemos que aquellos que trabajaron menos por Él, reciben lo mismo. Podríamos decir tres cosas que tienen que ver con esta actitud de protesta con Dios, que después motivaron la respuesta: «¿Por qué tomas a mal que sea bueno?» Creo que la envidia es una de ellas. La envidia hace que estemos mirando los bienes de los demás o bien que no nos alegramos con el bien de los otros. Eso les pasó a esos trabajadores de la primera hora. Miraron el bien de los otros y no supieron alegrarse. Se olvidaron de que el propietario, de que Dios, estaba siendo justo con ellos porque les estaba dando lo que les había prometido. Lo demás, ¿qué importa? Si yo recibo lo que a mí me prometieron, ¿qué me importa lo que reciben los otros? Lo segundo es que no se sintieron hermanos. No estaban hermanados. Como nos pasa también a nosotros, que no terminamos de comprender que para Dios somos todos sus hijos y, por lo tanto, somos todos hermanos y que no es una carrera de méritos para llegar al cielo, sino que el mérito ya nos lo ganó Jesús, como decíamos ayer. Por lo tanto, para saber alegrarse con el bien de los otros, hay que realmente sentirse hermanos y eso es un camino de toda la vida y que cuesta muchísimo. Y lo tercero, que podríamos decir que le pasó a estos trabajadores, es que trabajaron en el fondo interesadamente. Y, para trabajar para Dios, hay que trabajar desinteresadamente, no pretendiendo otra cosa que lo que Él nos promete y que no es otra cosa que la Vida eterna. Aquel que trabaja por interés, pensando que con Dios es una especie de comercio -que doy para que me des-, termina en el fondo enojado, porque se choca contra los intereses de los demás. Hay que trabajar por el interés de Dios, que es que todos los hombres se salven, que todos conozcan su amor y que todos algún día lleguen al cielo. Al escuchar el evangelio, en general y cambiando de tema, nos tiene que llevar siempre a una actitud de oración, una actitud orante. El evangelio, la Palabra de Dios, no es para estudiar, para sacarle grandes conclusiones; es más bien para rezar, o sea, para entrar en diálogo con Dios, para abrir el corazón, aunque está bien -por supuesto- que otros lo estudien. Por eso pienso que podemos quedarnos con una actitud muy linda de Algo del evangelio de hoy, cuando dice que Jesús oraba a solas.

Viernes 25 de septiembre - Lucas 9, 18-22 - XXV Viernes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 18-22 Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.» «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios.» Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.» Palabra del Señor.

Te invitamos a sumarte al vivo que realizarán el Padre Rodrigo Aguilar y el Padre Mariano Maio este jueves 24/09/26 desde la
Te invitamos a sumarte al vivo que realizarán el Padre Rodrigo Aguilar y el Padre Mariano Maio este jueves 24/09/26 desde la cuenta de AlgodelEvangelio en YouTube. ¡Te esperamos! 🙏 🇦🇷 20:30 hs Argentina 🇻🇪 Venezuela: 19:30 hs 🇲🇽 México: 17:30 hs 🇨🇴 Colombia: 18:30 hs 🇺🇸 EEUU (Miami): 19:30 hs 🇨🇱 Chile: 20:30 hs 🇨🇷 Costa Rica: 17:30 hs

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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_7_9_XXV_Jueves_durante_el_año.mp33.20 MB

Pero eso a veces nos pasa a nosotros esto en la vida. Nos podemos pasar la vida buscando a un Jesús deslumbrante, maravilloso; buscando a un Dios que se nos manifieste a lo grande, y no nos damos cuenta de que Dios al hacerse hombre vino justamente a darnos vuelta ese pensamiento. Vino a hacer de lo ordinario algo extraordinario, de lo sencillo algo grande. Vino a divinizar lo humano, o sea, hacer de las cosas ordinarias de nuestra vida, algo trascendente, algo grande, darles un valor infinito. A nosotros puede pasarnos lo mismo, podemos tener a Jesús al lado: en un enfermo, un pobre que nos pide y que nos cruzamos a veces todos los días, en nuestra madre que nos necesita, en algún enfermo de la familia, en alguien que está solo, en la Palabra de Dios que escuchamos todos los días y la tenemos en nuestras manos, en la Eucaristía diaria y dominical –en la posibilidad de recibirla–, en la posibilidad de recibir el perdón también en la confesión. En todas esas circunstancias tenemos la presencia viva de Jesús. Pero, si no somos capaces de verlo -y no porque Él no esté, sino porque estamos ciegos-, nos pasamos la vida esperando grandes cosas y nos perdemos la oportunidad de encontrarlo y de encontrarnos con Jesús, a quien tenemos siempre presente de tantas maneras. Puede ser una etapa de la vida espiritual o de fe, tuya o mía, el buscar a Dios en lo milagrosamente visible, dicho así nomás -visible con nuestros sentidos-. Puede pasarnos que, en un principio, andemos de milagro en milagro o buscando apariciones, revelaciones privadas por todo el mundo -a ver qué dicen, qué no dicen-, para encontrar confirmaciones de lo que creemos o queremos creer. Hasta te diría que es normal y a veces necesario, si no Dios no permitiría que pasen estas cosas, estas apariciones o revelaciones, que claramente a veces existen. Pero, al mismo tiempo, es necesario ir desprendiéndose de ese modo de encontrar a Jesús en nuestra vida, para no depender absolutamente de eso, que es esporádico y circunstancial, porque no es lo normal y ordinario. Él está siempre, lo veamos o no. No depende de nuestros sentidos o sentimientos o de lo que dicen los otros; depende de Él, de su presencia, que está siempre. Y somos nosotros los que tenemos que ir madurando y dándonos cuenta de que su presencia es más normal de lo que imaginamos y más cotidiana de lo que pretendemos. Si estamos todavía detrás de grandes cosas, es porque en realidad -como Herodes y algunos de ese tiempo- no sabemos bien quién es Jesús y qué es lo que vino a hacer. Pidamos más fe para creer que Él está en lo humano y que en lo humano encontramos lo divino y que no hay que darle muchas vueltas. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 7-9: ¿Es posible enojarse porque Dios sea tan bueno? ¿Es posible? ¿Te lo preguntaste alguna vez? Sí, yo diría que sí y mucho más normal de lo que creemos, aunque a veces no se hace consciente. Dios Padre es muy, pero muy bueno; tan, pero tan bueno que no cabe en nuestros pensamientos, que no son los de Él. Esa también es una verdad que trataba de expresarnos la parábola del evangelio del domingo. A veces quisiéramos que Dios sea justo como nosotros pretendemos que sea justo, y no tan misericordiosamente justo, como lo que realmente es. Hay muchísimos cristianos que se creen «los primeros» por su manera de vivir, por su manera de pensar, por lo que saben de la fe. Y por eso serán los últimos, cuando se crean los primeros. Muchísimos, más de los que imaginamos. Incluso vos y yo podemos estar en esta lista, de los que se creen los primeros y con más derechos que otros. Y, al mismo tiempo, hay muchísimos hijos de Dios que para el mundo «son los últimos», que parecen «los últimos», que parecen no convertirse nunca, que son considerados «los del fondo», y finalmente, aunque nos duela, aunque nos cueste entender, serán los primeros en llegar a recibir el regalo del cielo si aceptan trabajar para el Señor, aunque sea en el último instante de su vida, como el buen ladrón. ¿Te acordás de ese buen ladrón que murió al lado de Jesús? Parecía el último y fue el primero en entrar en el Reino de los Cielos. Si sos de los que se enojan por la gran bondad de Dios, por la infinita bondad de Dios, pedile que te ablande el corazón. No te enojes por el hecho de que Dios sea bueno y haga con su amor lo que le parece. Vos harías lo mismo con tus hijos. No hay peor enojo que el enojo por el derroche de amor de Dios, que justamente vino a mostrarnos y a enseñarnos ese camino. Vuelvo a decirte lo mismo: esto no tiene nada que ver con la justicia humana o con los méritos que podamos hacer para alcanzar ciertas cosas en este mundo. Tiene que ver con la gracia, que es gratis, que es regalo; con la invitación de Dios que es a trabajar por Él, que será hasta el final (no importa en el momento de la vida que estemos). Y en Algo del evangelio de hoy vemos claramente a Herodes que no sabe bien quién es Jesús: «¿Quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» En realidad, Herodes estaba desconcertado porque la misma gente tampoco sabía bien quién era Jesús. Pensaban que era un resucitado, un antiguo profeta o Juan el Bautista. Fijate como a veces es más fácil pensar en cosas raras, o digamos espectaculares o maravillosas, que pensar en lo normal, en lo ordinario. Era más fácil pensar que ese llamado Jesús era alguien que había resucitado que pensar o saber realmente quién era. Era un hombre. Sí, era un hombre. Pero también sabemos nosotros que era Dios hecho hombre, Dios encarnado, y por eso costaba tanto creer. Por supuesto, a nosotros me imagino que nos hubiese pasado lo mismo. No es fácil creer que Dios sea tan como de los nuestros, que sea tan normal, digamos. No es fácil creer que Dios se haya hecho hombre. No es fácil creer que lo trascendente se haya hecho parte de nuestra vida. No es fácil pensar que lo inaccesible se hizo accesible. No es fácil pensar que lo divino se manifieste en lo humano. No es fácil creer. Claro, si tenés fe me dirás: «No, para mí sí». Bueno, pero, si no tenés fe, el que no tiene fe si no cree por la gracia, si no se le toca el corazón -de alguna manera-, su razón se choca contra alguna barrera, aunque hay razones para creer. Pero ese es otro tema.

Jueves 24 de septiembre - Lucas 9, 7-9 - XXV Jueves durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 7-9 El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: «Es Juan, que ha resucitado.» Otros decían: «Es Elías, que se ha aparecido», y otros: «Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado.» Pero Herodes decía: «A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» Y trataba de verlo. Palabra del Señor.

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Padre_Rodrigo_Aguilar_–_Lucas_9,_1_6_–_XXV_Miércoles_durante_el.mp32.93 MB

La tarea que Jesús les encomienda a estos hombres es la tarea encomendada a la Iglesia, a la Iglesia de todos los tiempos también y la que nos encomienda a nosotros, en este mismo momento. Los apóstoles fueron las columnas de la Iglesia, los hombres que gracias al poder dado por Jesús pudieron continuar su obra y, gracias a ellos, esta obra pueda extenderse por todos los siglos, hasta hoy. Vos y yo de alguna manera -no te olvides- también somos apóstoles. También somos piedras vivas de este gran edificio que es la Iglesia. La fuerza y la eficacia de esta obra que nos pide es, justamente, no utilizar ninguna fuerza ajena a la que Jesús nos dio. La fuerza y la maravilla del evangelio pierde fuerza, valga la redundancia, cuando queremos nosotros mismos agregarle «accesorios» que lo único que hacen es opacar la atracción propia que ya tiene y que hay que descubrir. Por eso, Jesús los manda casi sin nada, los envía a ellos con su corazón y la fuerza de su palabra, y les manda que eviten llevar cosas que puedan hacer pensar que gracias a ellas la Palabra será más eficaz. Esa es la gran tentación de siempre de la Iglesia, de nosotros. Todos deseamos eficacia y éxito en todas las cosas que hacemos. La Iglesia de todos los tiempos siempre deseó que el evangelio penetre todas las realidades, en todos los hombres. Sin embargo, vivimos frustrados o entristecidos cuando pensamos o ponemos todas nuestras energías en los medios que utilizamos para evangelizar y no en la fuerza misma del evangelio, que es justamente -como dije al principio- no aplicar ninguna fuerza externa. Sé que es difícil de entender, pero es profundo. Anunciar y anunciar, esa es nuestra tarea. Anunciar la Palabra de Dios que es viva y eficaz en la medida que yo también la vivo, en la medida que es eficaz en mi propio corazón. Además, la eficacia de este anuncio es, la mayoría de las veces, imperceptible. Crece en el silencio de las noches. Crece en el silencio del dolor, de los corazones que la aceptan. Crece en el silencio de las alegrías y jamás va a ser anunciado con bombos y platillos en la televisión. Mucho se habla de estas cosas, de que la Iglesia debe saber anunciar el mensaje de Jesús, de que nosotros tenemos que saber utilizar distintos medios de comunicación para llegar mejor al mundo. Es verdad, está bien. Hay que usar las cosas, ¿pero de qué manera? ¿A cualquier precio? Cuidado, nada de eso sirve si con eso opacamos lo más esencial del evangelio. Cuando un sacerdote se pone por encima de Jesús, por más medios lindos que utilice -divertidos y muy aggiornados- este tiempo, de nada sirven si los que escuchan no ven a Jesús. La humildad, la sencillez por medio de la cual Jesús quiso mostrarle al hombre su amor y su deseo de salvarlo, tiene que brillar. Solo viviendo y comprendiendo esto, viviremos más en paz con nosotros mismos y con los demás; evangelizando sin ponernos como centro, sino solo como servidores. Nosotros regamos, él hace crecer. Mientras más cosas carguemos o creamos que necesitamos, menos brillará el poder de nuestro buen Jesús y más confundiremos al que escucha. ¡Qué difícil es entender esto, pero qué necesario es transmitirlo! ¿Te imaginás si todos viviéramos y comprendiéramos esta verdad? www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

Comentario a Lucas 9, 1-6: Cuando consideramos que el Reino de los Cielos, el Reino de los Hijos de Dios -los hijos de un mismo Padre y miles y millones de hermanos-, es una especie de carrera para ver quién llega primero o para ver quién recibe más, o para ver y medir las cosas a un modo humano por la «meritocracia» humana, erramos el camino. En realidad, «no entendimos nada», como decimos a veces. Y es así. Como decía la lectura de Isaías del domingo: «Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». Nuestro Padre no quiere que nuestra vida sea una competencia. No hay que trasladar la carrera que nos propone este mundo por ser «mejores» -que muchas cosas está bien- al Reino de los Cielos. Es otra cosa, otra medida, otra justicia. Ese era un poco el planteo de fondo de la parábola del propietario y los trabajadores de la viña. Ninguno de nosotros, estrictamente hablando, se merece nada, aunque suene duro decirlo. Ninguno de nosotros, en las cosas que vienen de Dios, se merece más que el otro también -si nos merecemos algo-, más que el de al lado. Los méritos son de Cristo. Él pagó nuestras deudas. Y, claramente, al final de los tiempos, al final de nuestra vida -y a eso se refería la parábola-, recibiremos el mismo regalo, el regalo del cielo, todos por igual, hayamos trabajado muchísimo, más o menos o muy poco. El tema no está en el tiempo, en la cantidad, sino en haber aceptado la invitación de Dios. Por eso hay que salir del esquema de la «meritocracia» humana. Vuelvo a repetir: no se aplica al Reino de Dios. La meritocracia será aplicable en otros temas. Así no piensa nuestro Padre. Hay que alegrarse de trabajar por él desde ahora, alegrándose de que nos haya llamado a servirlo. Qué lindo, qué alegría que el Padre salga a buscarnos a la mañana, a media mañana, al mediodía, a la tarde, a media tarde o al final de la tarde. Amándolo, lo demás, lo demás vendrá por añadidura. En Algo del evangelio de hoy Jesús convoca a doce personas, a doce hombres de carne y hueso, bastantes normales diríamos, como vos y yo. A los doce que él quería y a los cuales les dio el privilegio de que lo conozcan durante algunos años, para que, conociéndolo, amándolo, puedan seguirlo y hacer lo mismo que él. ¿A qué cosas te estarás preguntando? Primero, a anunciar que el Reino del Padre no es algo que llegará algún día solamente, sino que es algo que ya está entre nosotros y llegará a su plenitud al fin de los tiempos. Está desde que el Hijo del hombre se hizo como uno de nosotros. Segundo, a luchar contra el malo, contra aquel que busca por todos los medios posibles evitar que el hombre se haga humilde para comprender estos misterios del Reino. También a sanar las enfermedades físicas, como signo de aquellas enfermedades que nos impiden recibir el mensaje del Padre.