Jesús buscaba momentos de oración solitarios, pero lleno de la compañía de su Padre del cielo. Es lo que también necesitamos siempre nosotros, vos y yo, en el día a día. Es como el aire de nuestra alma que necesitamos para poder vivir. Tiene que ser como el aire para nuestros pulmones. Sin este aire de la oración, no podemos respirar. Por eso todos necesitamos vivir, de algún modo, en un ambiente de silencio o buscar el silencio de alguna manera.
Vos que sos mamá y madre, necesitás siempre empezar el día estando sola un ratito, o también al terminarlo cuando todos se van a dormir; apagar la luz de tu habitación y sentarte en el sillón y estar con Dios, con tu Padre, «que ve en lo secreto y, que viendo en lo secreto, te recompensará»; dejar todo, frenar para pensar y ofrecer todo lo que hiciste, todo lo que entregaste en ese día, para darle verdadero sentido a tu día. Jesús estando con sus discípulos lo hizo. También nosotros podemos hacerlo y lo necesitamos.
Vos que sos varón, padre o no, pero te la pasás trabajando todo el día, si no frenás cinco o diez minutos por día y te apartás para mirar lo que hiciste, para descargar las cosas que viviste, las tensiones, para agradecer la mujer que tenés, para maravillarte del don de la vida de tus hijos –los que están y los que están viniendo–, ¿cómo pensás que vas a llegar a fin de mes o a fin de año? Es imposible. No solo tenemos que pensar cómo llegar a fin de mes con el dinero, sino con el corazón. ¿Cómo pensás que vas a llegar? Si tenemos dinero, pero nos falta la paciencia y la paz del corazón, ¿de qué sirve haber llegado a fin de mes o incluso que nos sobre?
Y vos que sos hijo o hija, y estudiás o trabajás o vas al colegio o cursás en la facultad, en la universidad, y también esperás que llegue el fin de semana para hacer mil cosas y no perderte nada con tus amigos, ¿cómo decís que no podés frenar diez o quince minutos por día para estar en silencio con tu Padre del cielo que siempre te escucha? ¿Es posible poner tantas excusas? ¿Cuánto tiempo pasamos frente al celular, a la televisión, a la computadora y a las cosas que nos gustan? ¿Es verdad realmente que no podemos estar diez minutos en silencio con nuestro Dios? Pensémoslo, porque sin momentos a solas con Dios, no podemos pretender conocerlo y crecer en la fe. Nuestra fe va a ser «superficial».
Y vos, que sos sacerdote, consagrada, consagrado, ¿cómo es posible que pierdas el hábito de la oración? Ese que te llenó el alma cuando te dijiste que sí al Señor.
En definitiva, es una cuestión de amor. No alcanza a veces con escuchar este audio de cinco, seis o diez minutos. Es necesario profundizar, estar con Dios en una Iglesia en silencio, en una habitación, en tu jardín. Todos podemos hacerlo, no hay excusas.
San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina, hace muchísimos años, dijo algo muy, muy lindo y muy importante: «El que dice que no tiene tiempo para orar, para estar a solas con Dios, lo que le falta no es tiempo, sino amor».
Es así, tenemos que aceptarlo. Es una cuestión de amor. A todos nos falta mucho amor. Nos falta esa certeza de que la oración es realmente un diálogo con nuestro Padre.
Dios quiera que hoy podamos lograr esos cinco o diez minutos –aparte de este audio– de silencio para estar a solas con nuestro Padre, para profundizar lo que escuchamos, para agradecer lo que tenemos. Podemos hacerlo, inténtalo. Podemos hacerlo.
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p. Rodrigo Aguilar