—Te dejo con uno de los jefes adjuntos ahora —añade—. Tienes una reunión rápida, cosas del hospital y todo eso. Y luego, cuando acabéis, te acompaño a tu consulta si quieres.
Asiento. La verdad es que me siento más tranquila de lo que esperaba.
Annie se detiene ante una sala de reuniones, abre ligeramente la puerta y asoma la cabeza.
—¿Está ocupado?
—Sí, pero pasa igual —responde una voz masculina desde dentro.
Annie me hace un gesto para entrar.
Camino hacia el interior y levanto la vista.
¡Madre mía! ¿Este hombre es médico o modelo? Bajo la vista hasta el gafete que cuelga de su bata y por lo que puedo leer en ella, acabo de conocer a mi jefe, él es doctor Milán Klein.
Efectivamente es Milán Klein.
Está sentado al fondo de la sala, parecía concentrado revisando unos documentos. No lo había visto en foto y no sabía qué esperar, pero desde luego no esperaba esto. No tiene ese aire de médico altivo que tantas veces he visto. No parece alguien arrogante, ni tampoco de esos que te miran por encima del hombro. Es… serio. Tal vez sea porque está cansado.
Levanta la vista, y cuando clava sus ojos en mí, por un segundo me quedo en blanco. No porque sea guapo —que lo es, y mucho—, sino porque hay algo en su mirada que me descoloca. Algo que no consigo descifrar del todo. No es cansancio acumulado, es algo más.
—Milán —dice Annie—, ella es Aurora Bianchi.
Él se pone de pie, dejando ver su imponente cuerpo y altura.
—Doctora Bianchi —me saluda—. Bienvenida.
—Gracias —respondo intentando que no se note mi nerviosismo—. Es un placer estar aquí.
Nos miramos apenas un segundo más de lo normal. Y eso es lo peor: que lo noto, la conexión es inmediata. No tendría que pasarme esto, es el primer día, ni siquiera lo conozco y aun así algo mi me dice que nos llevaremos bien. Supongo que algo en mí reconoce esa expresión de cansancio extremo. Se parece a la que yo tenía un par de meses atrás, pero en él parece que ha calado más hondo.
Annie da un par de palmadas, como si quisiera romper el silencio.
—Vale, os dejo —dice con una sonrisa—. Tengo que volver a mi mundo de embarazadas con carácter. Aurora, en cuanto acabéis, que Milán me llame y te busco.
—Gracias —le digo.
Cuando Annie se va, el ambiente cambia, no sé cómo explicarlo, pero cambia. Milán señala una silla para que tome asiento.
—Siéntate, por favor. Esto no va a ser un interrogatorio, solo una pequeña presentación —dice, y suena tranquilo, casi normal.
Me siento y él vuelve a sentarse también. Se pasa una mano por la cara, como si estuviera igual de cansado que suelo estar yo, o más.
—¿Has tenido tiempo de instalarte en Roma? —pregunta, mirando una hoja como si intentara recordar que está trabajando.
—A medias. Llegué ayer por la tarde. Hasta ahora solo he aprendido el camino del apartamento al hospital y ya —confieso.
Él suelta una pequeña risa. No es nada exagerada, es como si se le escapara sin querer.
—Es normal, poco a poco te irás adaptando.
Me sorprende lo fácil que es hablar con él. No sé por qué; yo esperaba alguien más rígido.
—Mi padre me ha dicho que te han asignado arritmias y casos complejos conmigo —continúa—. Así que, para empezar, quiero que hoy solo observes. No me interesa que corras el primer día, prefiero que observes los protocolos.
—Gracias —respondo, y lo digo de verdad—. Prefiero entender cómo trabajáis antes de meterme en medio.
Él asiente, serio otra vez.
—Aquí se trabaja mucho y rápido, a veces creo que incluso es demasiado estresante. Pero si algo no te convence, sea lo que sea, en algún momento lo dices. No me gustan los silencios y menos en medicina.
La frase me gusta y, a la vez, me deja un poco incómoda, porque es justo lo contrario de mí: yo callo demasiado.
—De acuerdo —digo. Él mira la hora y se levanta.
—Ven, te voy a enseñar la zona en la que vamos a trabajar, debo dejar las pautas a la jefa de enfermería. Y si te dejo ir sola y te pierdes, Annie me mata.
—Eso sería un problema —bromeo.
Él vuelve a sonreír, un poco.
—Lo sería, sí.