—Deja que me encargue, belleza —dijo Paul con esa confianza que siempre tiene—. Confía en mí.
Y eso fue todo.
Colgamos y yo me quedé mirando el teléfono, preguntándome si realmente íbamos a hacer esto. Si realmente iba a usar a mi mejor amigo para darle celos a mi guardaespaldas.
Aparentemente, sí.
Porque esta mañana, justo cuando estoy a punto de subir al auto, escucho el rugido familiar del Porsche de Paul.
Y el show comienza.
Veo cómo Adrian se pone inmediatamente en modo protector, interponiéndose entre Paul y yo como si fuera una amenaza. Hay algo casi erótico en la forma en que se mueve, en cómo su mano va instintivamente hacia su arma.
Y no voy a mentir: es increíblemente atractivo.
Pero mantengo la compostura. Sonrío. Actúo como si Paul fuera exactamente lo que Adrian está asumiendo que es.
El beso es puro teatro. Paul y yo lo hemos hecho antes, en fiestas cuando queremos ahuyentar a pretendientes no deseados. Es familiar, cómodo, completamente carente de pasión real.
Pero Adrian no lo sabe.
Y la forma en que su mandíbula se tensa, cómo sus manos se convierten en puños, cómo todo su cuerpo se pone rígido…
Misión cumplida.
Antes de despedirse, Paul se inclina y me susurra al oído:
—Disfruta tu viaje con tu guardaespaldas.
Río tímida, girando levemente para mirar a Adrian. Tiene el ceño arrugado, las manos en puños y la mandíbula tan tensa que me sorprende que no se le rompan los dientes.
Le doy a Paul otro beso suave en los labios, más para el beneficio de Adrian que por cualquier otra razón, y me alejo caminando hacia el auto.
—Podemos irnos, Adrian —digo con la voz más casual que puedo reunir.
Él se aclara la garganta. Le da una mirada que solo puedo describir como asesina a Paul, quien le devuelve una sonrisa y un saludo despreocupado.
Adrian abre la puerta trasera con más fuerza de la necesaria. Subo. Él cierra la puerta.
Y entonces comienza el silencio más incómodo de mi vida.
Mientras conduce, puedo sentir la tensión entre nosotros. Es casi como electricidad estática en el aire antes de una tormenta. Quiero decir algo, cualquier cosa, pero no sé qué. No sé cómo romper este silencio sin revelar demasiado.
¿Debería explicarle sobre Paul? ¿Decirle la verdad?
¿O debería dejar que piense lo que está pensando?
No sé qué hacer. Si hablar o quedarme callada.
Así que elijo el silencio.
Y así, en un silencio tenso llegamos al hangar.
El jet privado está esperando, elegante y blanco bajo el sol de la mañana. La tripulación nos saluda profesionalmente. Adrian revisa el avión antes de permitirme subir, como siempre. Protocolo.
Una vez dentro, me acomodo en uno de los asientos de cuero color crema. Saco mi teléfono y finjo estar absorta en mis emails, aunque en realidad no estoy leyendo nada. Solo necesito algo que hacer con mis manos, algo en qué enfocarme que no sea Adrian sentado al otro lado del pasillo, con esa expresión inescrutable en su rostro.
El jet despega suavemente. Nueva York nos espera.
Estamos a unos veinte minutos en el aire cuando Adrian finalmente habla.
—Debías haber mencionado que tenías novio.
Su voz es controlada, calmada, pero hay un filo en ella que no había escuchado antes.
Levanto la vista de mi teléfono y sonrío un poco. No puedo evitarlo.
—No sabía que eso tenía relevancia.
Adrian bufa. Literalmente bufa, como si lo que acabo de decir fuera la cosa más ridícula que ha escuchado.
—Es tu novio —remarca la palabra “novio” con un énfasis que hace que algo en mi estómago se revuelva—. No es cualquiera.
Dejo el teléfono en mi regazo y lo miro directamente. Sus ojos están fijos en mí, intensos, casi acusatorios.
—Necesito saber todo sobre las personas que están a tu alrededor —continúa—. Es parte de mi trabajo. Parte de mantenerte segura.
—Entiendo —digo lentamente.
—¿Entiendes? —repite, y ahora hay definitivamente frustración en su voz—. Porque desde mi perspectiva, acabas de dejarme completamente a ciegas sobre alguien que claramente tiene acceso íntimo a ti.