—¡Pero me has traído a esta cena con la intención de que sea una cita! ¡Y me regalas cosas, y me pagas la renta! ¡Y estoy segura de que compraste ese auto para llevarme a la universidad!
Desmond deja la copa en la mesa, con tal fuerza que por un instante teme romperla.
—No compré el auto por ti —responde con calma medida—. Lo necesitaba.
Leslie ríe sin humor.
—¿De verdad? ¿Y justo coincidió con que yo te dije que estaba cansada de los autobuses y los tipos que me comen con la mirada?
Des se inclina hacia adelante. No levanta más la voz, pero su mirada se endurece.
—¿Qué tiene de malo querer que llegues segura?
—Nada —responde ella, alzando ligeramente las manos—, excepto que ya no sé si haces las cosas porque quieres o porque necesitas sentir que…
—¿Que qué? —la interrumpe él, firme.
Leslie se encoge un poco, insegura, pero luego respira hondo.
—Que me posees.
El silencio se instala entre ambos, espeso, incómodo. Los comensales de la mesa de al lado ríen por algo trivial, y el sonido de los cubiertos parece amplificarse en el aire tenso.
Desmond la observa sin moverse. Hay un parpadeo lento, una chispa apenas perceptible en sus ojos, y luego su voz, baja, controlada:
—No te poseo, Leslie. Ni quiero hacerlo.
Ella traga saliva, desviando la mirada.
—Entonces, ¿Por qué…? ¿Por qué todo esto? ¿Por qué haces este tipo de cosas? Y no vas a convencerme que lo del auto no es por eso, porque apenas hace dos días te dije…
—Porque no me gusta verte con ese imbécil —interrumpe él, con un deje de furia que, aunque contenido, cae duro entre ambos.
—¿Qué? —pregunta ella, aun sabiendo la respuesta.
No le ha dicho, aunque quiso, pero Des pudo haberlos visto cualquier mañana, alejándose juntos a la estación del autobús.
—Nico.
—¿Nico? ¡Por dios, Des! ¡Sólo nos vamos juntos! ¡Estudia a dos pasos de mí!
—Te mira como si quisiera arrancarte la ropa —gruñe Desmond.
Leslie se queda boquiabierta, la risa incrédula escapándosele de golpe.
—¡No puedes estar celoso de Nico! ¡No hay nada entre nosotros!
—Entonces, ¿por qué aceptas irte con él en el autobús? —la voz de Des sube apenas un tono.
—¡Porque es más fácil! —exclama—. ¡Porque es sencillo! ¡Porque no me gusta estar sola y los hombres me respetan más si voy con uno de ellos! —pausa, mientras Des la observa fijamente—. ¡Y no tienes que estarme cuestionando! ¡No eres mi novio!
—Podría serlo —replica él sin titubear.
Esa frase la descoloca. Leslie se queda callada, con los labios entreabiertos, como si la hubieran abofeteado.
—No —susurra al fin—. No quiero eso. No quiero deberle nada a nadie.
Desmond se reclina hacia atrás, mirándola fijamente, y durante unos segundos parece que va a soltar una carcajada. En lugar de eso, su expresión se enfría.
—No me debes nada.
—Sí te debo —la voz de Leslie se quiebra apenas—. Me cuidas, me ayudas, pagas mis cosas. Y no sé cómo detenerlo sin que parezca que te estoy traicionando.
Des parpadea despacio, su mandíbula tensándose. Echa el cuerpo hacia atrás, y toma un profundo suspiro que termina en una exhalación exasperada.
—Entonces sí, Leslie —dice al fin, con brutal franqueza—. Sí compré el auto para llevarte. Para no tener que imaginarte apiñada con desconocidos, cansada, dormida en un asiento sucio mientras algún idiota te mira las piernas. Lo hice porque puedo, y porque se me da la gana. Y no hay nada que puedas hacer para detenerme de hacer lo que quiero.
Ella lo mira, paralizada. Hay algo en su tono que la inquieta. No hay disculpa, ni justificación: sólo el hecho crudo, aplastante.
Leslie siente un nudo subiendo desde el estómago, como si todo el aire se hubiera vuelto pesado. Baja la vista, sintiéndose diminuta. El ruido del restaurante parece disiparse, hasta que sólo queda el retumbar del corazón en su pecho.
Él extiende una mano por la mesa, como si quisiera tocarla, pero no lo hace.
—No te asustes —dice con voz suave—. Sólo quiero cuidarte.
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