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Novillada sin Picadores :
Plaisance (Francia):
Toros : Camino de Santiago.
- Fernando Vanegas : Ovación y Ovación.
- Julio Martín : Vuelta al ruedo y Oreja.
- Israel Guirao (Que sustituía a Realito): Ovación y Oreja.
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Novillada con Picadores :
Las Navas del Marqués (Ávila):
Toros : El Sierro.
- Jorge Hurtado : Oreja y Vuelta al ruedo.
- Julio Campano : Silencio y Ovación.
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Corrida de Toros :
Pamplona (Navarra):
Entrada : Lleno con cartel de "No hay Billetes".
Toros : Vegahermosa (1º,2º y 4º) y Jandilla (3º,5º y 6º): El 3º fue premiado con la vuelta al ruedo.
- Juan Ortega : Oreja y Ovación con saludos.
- Roca Rey : Oreja y Ovación con saludos.
- Tomás Rufo : Dos orejas y Dos orejas.
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Se echaba el telón de la Feria del Toro cuando asomó por chiqueros el sexto y último ejemplar del abono. Un animal que, ya desde su irrupción en el ruedo, pregonó sus excelsas intenciones, derrochando una clase inusitada en las telas de recibo de Tomás Rufo. El capote del toledano meció las primeras y dulces acometidas de un toro que apuntaba maneras de gran categoría, dejando en el aire la incógnita de si aquel fondo de bravura enclasada aguantaría la exigencia de la lidia.
En el tercio de varas, el astado se empleó con fijeza y bravura, empujando los pechos del caballo en un primer encuentro donde recibió un puyazo en todo lo alto, medido y bien ejecutado. Para la segunda vara, con inteligente criterio lidiador, se le recetó apenas un leve picotazo, un suspiro de hierro destinado a preservar el innegable motor que atesoraba la bestia para la muleta.
El prólogo de la faena fue una auténtica declaración de guerra al miedo. Rufo se plantó en el tercio, completamente impávido, atornilladas las zapatillas a la arena pamplonica. Desde esa inmovilidad sepulcral, sin ceder ni un palmo de terreno, recetó una tanda de estatuarios por alto de una importancia mayúscula. El toro pasaba como un tren rozando los alamares, y el torero, convertido en una columna de mármol, aguantó el vendaval sin pestañear.
Ya en el toreo fundamental, el astado confirmó las sospechas de salida: la clase no solo se sostenía, sino que iba a más. El animal se puso a hacer el avión frente a la franela del diestro de Pepino, planeando sobre el albero navarro con el morro arrastrando por la arena y una fijeza conmovedora. Rufo entendió a la perfección la excelsa condición de su oponente y le endosó series de naturales ungidas de una despaciosidad hiriente y una boyante naturalidad. El temple se adueñó de la tarde; cada trazo zurdo era un ralentí, un monumento a la clase de un toro que embestía con el ritmo de las mareas.
Sintiéndose dueño absoluto de la obra y de la escena, Rufo quiso elevar el diapasón del trasteo en el epílogo. Se hincó de rodillas en las mismísimas cercanías, metiéndose literalmente entre los pitones para cincelar una última serie tremenda, pasándose la encornadura por el pecho en un alarde de valor seco que puso a la Monumental boca abajo.
Para poner el broche de oro, abrochó la magna obra con unos torerísimos y añejos ayudados por alto, despidiendo la embestida con la prestancia de los elegidos. Se volcó en la suerte suprema dejando una estocada que, si bien cayó algo desprendida, tuvo un efecto letal y fulminante. El fervor popular y la evidencia de la obra se tradujeron en una pañolada unánime, obligando al usía a conceder dos orejas de ley. Un triunfo incontestable, rotundo, que le abría la Puerta Grande y ponía el broche más brillante posible a la Feria del Toro.
Por Aitor Vian
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Saltó el quinto —segundo del lote del limeño—, luciendo por delante la seria y astifina arboladura propia de su encaste. Su irrupción en el ruedo, sin embargo, adoleció de una preocupante sosería, transitando por las telas de salida de forma anodina e imposibilitando cualquier atisbo de lucimiento con el percal. En el caballo, el castigo volvió a ser un mero trámite, administrando una levísima ración de hierro con el claro propósito de reservar las exiguas energías del astado para la exigencia del último tercio.
Ya en la muleta, el de Jandilla demostró prontitud en los cites. Andrés Roca Rey, demostrando una inusitada clarividencia en la lectura de la lidia, le concedió espacios, dándole amplitud y oxígeno. Al echarse la franela a la mano zurda, el peruano se topó con un muro: un pitón izquierdo verdaderamente áspero, de viaje defensivo, que se acortaba de forma renuente y peligrosa en cuanto el matador trataba de bajarle la mano para someterlo. Sin embargo, a base de firmeza y pulso, llegaron a brotar naturales largos y meritorios, arrancados literalmente a tirones, robándole los muletazos a un animal que se guardaba todo dentro.
Y entonces, en el epílogo de la faena, llegó la sorpresa mayúscula para la parroquia pamplonica. Acostumbrados al arrimón de infarto, a la inmersión total en la cuna de los pitones y a la asfixia del oponente, el peruano renunció a pisar los terrenos de cercanías. Roca Rey parece estar dándole una interesantísima y profunda vuelta de tuerca a su concepto del toreo. Su actitud de hoy, refrendando lo que ya viene apuntando en festejos anteriores, es una clara apuesta por mirarse en el espejo de los cánones más ortodoxos, desterrando el efectismo del toreo encimista para abrazar la arquitectura del toreo fundamental. Una metamorfosis lidiadora de una figura que, lejos de acomodarse en su fórmula del éxito, busca ensanchar sus propios registros.
La rubrica de esta madura actuación quedó emborronada en su primer encuentro con los aceros. Un pinchazo precedió a una estocada cobrada en el sitio exacto. La plaza, valorando la actitud y este nuevo poso lidiador de su máximo ídolo, le tributó una cálida ovación.
Por Aitor Vian
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Aún flotaba en la atmósfera de la Monumental la dulce resaca del éxtasis vivido con el gran toro anterior, cuando asomó por chiqueros el cuarto de la tarde. Un ejemplar que infundía un respeto reverencial por su imponente y astifina arboladura. Sin embargo, frente al pavor de los pitones, emergió la caricia. Juan Ortega desplegó el percal y meció los brazos para firmar un recibo por verónicas sencillamente excelso. Toreo a la verónica de manos bajas, compás abierto y el mentón hundido en el pecho. Sin temor a la hipérbole, el toreo de capa de la feria.
En el tercio de varas, la suerte se ejecutó con la pureza que marcan los cánones. El varilarguero Óscar Bernal firmó un tercio intachable, midiendo los tiempos, marcando la suerte con suma torería y dejando dos puyazos en todo lo alto, midiendo el castigo con una precisión milimétrica.
Con la muleta, el trianero quiso abrir el prólogo por abajo, dibujando doblones genuflexos, exigiéndole pero a la vez mimando la condición de un astado que se adivinaba noble, aunque alarmantemente parado. Ortega, transmutado en orfebre y enfermero, trató de cuidarlo entre algodones, pulsando la embestida con una suavidad extrema para no quebrar el ya de por sí frágil motor del animal.
Pero las intenciones chocaron contra la terca realidad. El ejemplar de Vegahermosa resultó ser un toro hueco de clase, que lejos de afianzarse, comenzó a desarrollar un molesto genio defensivo, embruteciéndose de forma palmaria a medida que avanzaba el metraje de la faena. Ante la imposibilidad de ligar en redondo, la obra de Ortega se tradujo en fogonazos aislados, destellos de una innegable torería. Entre la brutesa del animal, brotó algún trincherazo de altísima categoría, de esos que valen por sí solos el pago de una entrada y que huelen a cartel de toros.
Ortega le exprimió con paciencia de santo todo el exiguo jugo que tenía el que fue, a la postre, el astado más deslucido, áspero y plomizo del festejo. A la hora de la verdad, no titubeó: se tiró recto para dejar un soberbio espadazo de efecto fulminante que rodó al animal sin puntilla. El tendido, agradecido por el esfuerzo de buscar belleza en el páramo, le tributó una calurosa ovación con saludos desde el tercio.
Por Aitor Vian
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Saltó en tercer lugar 'Castigado', un animal que llevaba en su simiente el hierro de Jandilla y en su embestida el pasaporte directo a la gloria. Lo recibió Tomás Rufo con una absoluta declaración de intenciones: hincado de hinojos en el tercio, le recetó un vibrante farol que prendió la mecha de la emoción en la tarde pamplonica. El paso por el caballo fue un mero trámite, un suspiro medido al milímetro para no resquebrajar el extraordinario son y el ritmo que el animal ya venía pregonando en los vuelos del capote.
Tras brindar al respetable, el toledano caminó hacia los medios con la determinación de quien se sabe ante la oportunidad de su vida. Allí, en la inmensidad del platillo, citó de largo para pasarse el vendaval por la espalda en un cambiado de escalofrío y, acto seguido, echarse a las rodillas. Y es que Rufo atesora el raro don de torear de verdad genuflexo; en él no es un mero alarde o un recurso populista, sino toreo fundamental. Acompañó las embestidas con el peso del cuerpo, echando los vuelos y llevando los derechazos con una largura tremenda, barriendo la arena.
Frente a la franela latía un toro de bandera. Un ejemplar con un motor inagotable, una transmisión vibrante y una movilidad desbordante de casta. Rufo, consciente de la joya de incalculable valor que tenía entre las manos, dibujó una sonrisa cómplice antes de armar la diestra. Surgieron entonces series por el pitón derecho de una profundidad oceánica. El de Jandilla se arrancaba con un celo arrebatador y el torero, a la altura de semejante y magna exigencia, lo llevó siempre cosido, empapado en la muleta, limpiando la fiereza con un temple exquisito y un gobierno absoluto. Un verdadero duelo de cumbres.
La arquitectura de la faena, quizás arrastrada por la dulce borrachera de embestidas, pecó de ser excesivamente larga. Pero es que el toro se lo tragaba absolutamente todo. 'Castigado' era, sin margen de error, el toro de la feria. Rufo tuvo la inteligencia lidiadora de darle oxígeno, concediéndole precisos tiempos de respiro entre tanda y tanda para que la locomotora recargara su infinito carbón. La Monumental, completamente embriagada de toreo, se puso en pie en repetidas ocasiones ante el incesante alud de bravura.
A la hora de la verdad, Rufo se tiró derecho y dejó un espadazo levemente trasero, pero de efecto fulminante y letal. El éxtasis se desató definitivamente en los tendidos: el palco asomó los dos pañuelos blancos para conceder dos orejas rotundas al torero, y acto seguido desenfundó el pañuelo azul para honrar con la merecidísima vuelta al ruedo en el arrastre a la excelsa bravura de 'Castigado'. Un Jandilla para los anales de San Fermín.
Por Aitor Vian
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🔴PAMPLONA🔴
3°. Dos orejas para Tomás Rufo ante el astado de Jandilla premiado con la vuelta al ruedo.
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Saltó al ruedo el segundo de la suelta, un auténtico "tío" de imponente presencia y una arboladura pavorosa por delante. Mientras el pavo enseñaba las guadañas, las solaneras atronaban entonando a grito pelado la mítica ranchera de El Rey, rindiendo pleitesía a su monarca absoluto: Andrés Roca Rey.
El paso del astado por el peto fue un levísimo suspiro, un simulacro traducido en dos picotazos de mero trámite. Una sangría homeopática y calculada, indispensable para preservar el exiguo motor de un animal que, minutos después, iba a ser sometido a la tiranía y a la brutal exigencia que impone la franela del limeño. La mecha de la tarde la encendió Tomás Rufo, que se echó el capote a la espalda para cincelar un vibrante quite por saltilleras y gaoneras. Pero con Roca Rey no caben las afrentas en su feudo: herido en su amor propio de máxima figura, el peruano replicó al instante con unas gaoneras de ceñidísima y meritoria exposición. El duelo estaba servido.
Roca Rey se hincó de hinojos en el tercio. Desde allí, clavado en la arena pamplonica, se pasó al pavoroso toro por la espalda en un cambiado de infarto, derrochando un valor seco y despaciosidad en medio del peligro. Ya erguido, instrumentó una primera serie de derechazos de tremenda largura, gobernando la embestida por abajo y abrochando la tanda con un pase de pecho interminable, de pitón a rabo, aprovechando la palanca de su privilegiada envergadura física.
Pero la condición del animal no estuvo a la altura del planteamiento. El toro izó la bandera blanca demasiado pronto y se vino a menos, desinflando el picante que exige el toreo de Roca Rey para que su arrolladora dimensión alcance el cénit. Lejos de aburrirse ante la falta de carbón de su oponente, el sudamericano puso todo el peso de la balanza de su parte. Jugó magistralmente con los toques, esperó a que el animal pasara y acortó las distancias.
Se volcó sobre el morrillo para dejar una estocada entera, hasta la bola, de efecto fulminante. La Monumental, rendida a la incuestionable actitud de su ídolo, exigió y consiguió el premio.
Por Aitor Vian
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Irrumpió por la puerta de toriles el primero de la tarde, un ejemplar con el hierro de Vegahermosa que saltó a la arena navarra con evidente condición de abanto, distraído y enterándose del escenario. Frente a esa dispersión inicial, emergió la capoteadora parsimonia de Juan Ortega. El sevillano meció el percal con un temple reverencial, dibujando verónicas cargadas de sevillanía, encaje y buen gusto, para abrochar el saludo con una media de cartel de toros que detuvo los relojes.
El paso del astado por el tercio de varas fue un mero trámite, sutil y carente de empuje, dejándose pegar sin emplear los riñones en el peto. Tanto fue así, y tan reacio se mostró el de Vegahermosa a volver a encontrarse con la cabalgadura, que el picador José Palomares se vio en la inexcusable obligación de violar la frontera y saltarse la raya del tercio para recetar la segunda puya a un astado que renegaba abiertamente de la suerte.
Con la montera ofrecida al respetable, Ortega se fue en busca de las tablas. Y allí, sentando sus reales sobre la madera del estribo, inició un prólogo de muleta verdaderamente añejo, de esos que huelen a las viejas lecturas de la torería clásica. Sacó al animal por alto con un gusto exquisito, cincelando cada trazo para rematar el epígrafe con un bellísimo molinete. En aquel palmo de terreno, todo rezumó una insultante y soberana naturalidad.
Ya en el centro del platillo, en los medios, el trianero estructuró el cuerpo del monumento sobre el pitón derecho. Apostó por la búsqueda innegociable de la pureza, despojado de todo artificio, frente a un noble toro que tuvo la gran virtud de humillar y colocar la cara con son y clasicismo en las telas. Cuando Ortega se echó la franela a la siniestra, los naturales simplemente volaron: limpios, despaciosos, abandonados, al ralentí, sosteniendo esa lentitud cadenciosa hasta el último suspiro de la faena. Fue una obra de altísimos quilates, una sucesión de bellas estampas para la memoria de los paladares finos.
Sin embargo, en el ruedo se producía una hiriente contradicción, una paradoja casi dolorosa: mientras Ortega cuajaba un toreo de primor, hondura y caros quilates, la plaza de Pamplona ni se inmutaba. Permanece el arte puro, el trazo alado y el silencio de seda estrellándose invariablemente contra el muro impenetrable del ruido, porque esa tauromaquia de caricia y pellizco no encuentra eco ni conexión en un bullicioso tendido de sol impermeable a las delicadezas del toreo caro.
El epílogo, por desgracia para la estética, ensució la obra magna. Al entrar a matar, el acero se fue a los sótanos de la anatomía en un infame bajonazo de efecto fulminante que desfiguró la belleza de todo lo lidiado previa y magistralmente. Pese a todo, y en otra muestra de las particulares varas de medir de esta plaza, asomó el pañuelo para conceder una oreja.
Por Aitor Vian
