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Novillada con Picadores :
Madrid :
Entrada : 4.173 espectadores.
Toros : López Gibaja.
- Cristian González : Silencio y Silencio tras aviso.
- Juan Alberto Torrijos : Silencio y Silencio.
- Jairo López : Silencio tras aviso y Silencio tras aviso.
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Corrida de Toros :
Burgos :
Entrada : Tres cuartos de plaza.
Toros : Luis Algarra.
- El Fandi : Oreja y Silencio.
- Manuel Escribano : Oreja y Oreja.
- Ismael Martín : Ovación y Oreja.
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Antes de que se descorrojara el portón de los sustos para dar suelta al cierraplaza, El Plantío sufrió una evidente hemorragia en sus tendidos. Una parte considerable del cónclave emprendió el exilio, arrastrada por la ineludible llamada de la selección nacional y con la mirada puesta en la lejana cita de Estados Unidos. Semejante desbandada y la frialdad ambiental supusieron una pesadísima losa para Ismael Martín, obligado a remar a contracorriente frente a la distracción generalizada. Sin embargo, el salmantino se negó a ser un convidado de piedra y recibió a su oponente con un vibrante saludo capotero, pletórico de variedad y de honda expresión.
Tras un paso por el peto que volvió a ceñirse al guion de la más absoluta levedad, emergió la apabullante dimensión atlética del diestro charro. Si el listón de los rehiletes había volado altísimo durante toda la tarde, Ismael Martín lo reventó dictando los mejores pares del festejo. Conjugando un asombroso portento físico con un temple de acero, le anduvo hacia atrás al de Algarra, asomándose al balcón para dejar los palos en todo lo alto. Su apoteósica intervención levantó al Coliseum en pie, espantando de un plumazo el fantasma del fútbol y reconquistando la atención de la plaza.
Con el público de nuevo metido en su esportón, brindó al respetable e izó el telón de su labor muletera en los medios. Arrancó pasándose la arboladura del animal por la espalda, en un prólogo de máxima efervescencia y ajuste. A partir de ahí, la lidia requirió de una inteligencia quirúrgica. El salmantino trenzó el grueso de su obra sobre el pitón derecho, la única orilla medianamente transitable de un astado áspero que embestía a media altura, sin terminar de emplearse jamás y frenándose de forma amenazante al final de cada trazo. La probatura por el pitón izquierdo resultó un ejercicio de funambulismo temerario: por allí habitaba la ruina, traducida en embestidas inciertas, derrotes secos y un inminente olor a hule.
Inteligente, Ismael retornó a la diestra, pero la condición de su oponente se fue agriando a medida que avanzaba el reloj. El peligro sordo cristalizó en un dramático aviso cuando el toro se le ciñó en exceso, prendiéndolo por el chaleco de forma agónica, afortunadamente sin mayores consecuencias que el susto encogido en los tendidos. Tras el percance, el animal firmó su capitulación definitiva, buscando el cobarde refugio de las tablas y negándose en rotundo a conceder un solo pase más.
Sabiendo que no había más agua en el pozo, el espada salmantino montó el acero. En su primer encuentro, dejó una estocada muy caída que la propia inercia del astado escupió enseguida. Pudo rehacerse al instante y, a la segunda, enterró un espadazo en el sitio exacto y de efectos fulminantes. Su firmeza, su portentoso tercio de banderillas y su innegable actitud frente a las complicaciones fueron premiadas con una muy meritoria oreja.
Por Aitor Vian
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Fiel al intachable escaparate que Luis Algarra ha traído a Burgos, el quinto de la tarde saltó al ruedo luciendo una estampa de irreprochable cuajo y seriedad.
Manuel Escribano, espoleado por la necesidad del triunfo rotundo, se marchó a la puerta de los sustos para recibirlo a portagayola. El trance fue espeluznante: el astado se le vino encima como un obús, obligando al diestro de Gerena a echar, literalmente, cuerpo a tierra para evitar el percance y salvar el pellejo. Ya repuesto del susto, abrochó el vibrante saludo con una larga cambiada en el tercio.
El tercio de banderillas mantuvo las pulsaciones en todo lo alto. Escribano volvió a dictar una lección de facultades, coronando su actuación con un apabullante tercer par al quiebro, ejecutado en los comprometidos terrenos de las tablas y asumiendo una exposición verdaderamente bárbara que puso a los tendidos en pie.
Con el público entregado tras la ceremonia del brindis, el sevillano rompió su faena de muleta sometiendo por abajo, hilvanando toreros doblones que enseñaron el camino al astado. Al ganar la jurisdicción de los medios, el de Algarra destapó un manantial de clase. Escribano lo entendió a la perfección, enhebrando por el pitón derecho muletazos de trazo larguísimo y mano baja.
Pero la cumbre, el auténtico cénit de la tarde y probablemente de la feria, aguardaba en la mano izquierda. Al echarse la pañosa a la zurda, el sevillano regaló los naturales más puros, hondos y despaciosos de todo el abono. El tiempo pareció detenerse en cada pase, meciendo la embestida enclasada de su oponente con un abandono sublime. Retomó después la diestra para firmar otras dos series de notable factura, sosteniendo el nivel de la obra.
Sin embargo, cuando la faena pedía a gritos la rúbrica del acero para consagrarse como una labor redonda, Escribano incurrió en el siempre tentador pecado del exceso. Se emborrachó de toro, prolongando el trasteo más allá de su medida natural, lo que terminó ensuciando el conjunto y diluyendo la efervescencia de aquella cumbre al natural. Una lástima que la gula lidiadora restara rotundidad a lo que había sido un ejercicio de altos vuelos. Cobró, eso sí, una estocada casi entera de efecto fulminante que desató la pañolada y puso en sus manos una merecida oreja.
Por Aitor Vian
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La inexorable llamada del fútbol precipitó el rito. Con el reloj apremiando y la mirada de la parroquia puesta de reojo en el inminente compromiso de la selección española, se acortó el sagrado letargo de la merienda para despachar al cuarto de la tarde.
Asomó por chiqueros un ejemplar de Luis Algarra que, al igual que sus hermanos de camada, mantuvo intacta la irreprochable seriedad y el buen trapío que la divisa andaluza ha desembarcado en los corrales burgaleses. David Fandila 'El Fandi' lo saludó estirándose en un estimable manojo de verónicas de buen trazo, antes de que el astado apenas sintiera el hierro en un levísimo picotazo.
Fue entonces cuando sobrevolaron los aciagos presagios. El animal comenzó a evidenciar palpables y preocupantes síntomas de descoordinación. El granadino, perro viejo en estas lides y dueño de una portentosa intuición lidiadora, miró fijamente al palco y ordenó a Mambrú que lo sobara con tres precisos capotazos para cantarle la merma física al presidente. El usía, sin embargo, se hizo el ciego ante la evidencia y mantuvo al toro en el albero.
Obligado a tragar con el mermado ejemplar, El Fandi decidió echarse la tarde a las espaldas y reventar el termómetro de El Plantío con una lección antológica en el segundo tercio. Dictó una exhibición rotunda clavando hasta cuatro pares de portentosa ejecución. El epílogo, solicitado con permiso a la presidencia, fue una soberbia obra de poder a poder: andándole hacia atrás al animal, citando de dentro a afuera con un mérito y una torería abrumadores, y cuadrando en la cara con asombrosa facilidad. Un auténtico clamor.
Pero la efervescencia de los garapullos se disolvió en el letargo de la muleta. En un gesto inusual que desnudaba su nula fe en el astado, El Fandi se ahorró la ceremonia del brindis. Su diagnóstico fue de una precisión quirúrgica. Lo que habitaba enfrente era la nada más absoluta; posiblemente, el ejemplar con menos opciones de toda la feria. Un marmolillo parado, soso, carente del más mínimo celo y completamente vacío de clase. Frente a la inerte estatua de carne, que se negó en rotundo a regalar una sola embestida, el granadino derrochó una encomiable voluntad, intentando el milagro por todos los medios imaginables. Fue un monólogo estéril, una lucha titánica y vacía contra la inviabilidad absoluta.
Abrochó su porfía topándose primero con el hueso en un pinchazo, para cobrar a continuación una estocada casi entera que resultó suficiente. Un espeso y comprensivo silencio puso el telón al esfuerzo impotente del espada frente a la peor ruina ganadera de la tarde.
Por Aitor Vian
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Saltó al albero burgalés el tercero de la tarde, un ejemplar que lució una seria y bien armada presencia. Frente a él, Ismael Martín desplegó toda la efervescencia de su juventud hincando las rodillas en la arena para saludarlo con unos bellísimos y arriesgados faroles que conectaron de inmediato con los tendidos. El trámite por el peto brilló por su ausencia, un castigo inexistente decretado de urgencia para intentar sostener los endebles cimientos del animal de cara al último tercio.
Y entonces, el Coliseum volvió a convertirse en un auténtico manicomio de júbilo. La plaza se puso en pie para paladear, una vez más, el deslumbrante espectáculo del tercio de banderillas compartido. El Fandi, Escribano y el propio Ismael Martín protagonizaron un pasaje vibrante, asomándose al balcón en tres soberbios pares de poder a poder. Qué belleza encierra la liturgia cuando tres toreros banderilleros se retan en franca lidia; una estampa que engrandece la fiesta y que debería prodigarse con mucha mayor asiduidad en los abonos.
Con la plaza sumida en una cálida ovación, el salmantino desmonteró su cabeza y elevó la mirada en un emocionante brindis al cielo, en sentido recuerdo al tan añorado Quino Monje. Inició su labor muletera exigiéndole por abajo, doblándose con enorme torería e intercalando en la obertura bellos y pintureros molinetes. Sin embargo, el espejismo se quebró pronto. El de Luis Algarra destapó su aciaga condición: atesoraba un fondo de gran nobleza, sí, pero era un auténtico inválido que hincó los pitones en la arena, perdiendo las manos en reiteradas ocasiones.
Ante semejante orfandad de fuerzas, Ismael Martín tuvo que transmutar su brío inicial en un exquisito tacto de enfermero. El diestro charro hizo gala de una innegable solvencia técnica, sosteniendo al animal con alfileres y pulsando unas embestidas de auténtico cristal. Pese a la claudicante condición de su oponente, logró extraer muletazos de mucho temple, coronando las series con pases de pecho larguísimos y de bellísima factura.
La obra, abrochada en la cercanía de los pitones con ceñidos circulares, merecía el refrendo de la espada. Pero la suerte suprema le dio la espalda al salmantino. Se atascó de mala manera con los aceros, emborronando su notable esfuerzo lidiador con dos pinchazos previos a una estocada trasera y caída. Tras desvanecerse la opción del trofeo, el público le obligó a recoger una cariñosa ovación en reconocimiento a su primoroso pulso frente a la invalidez.
Por Aitor Vian
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Mantuvo el listón de la seriedad el segundo de la tarde, otro ejemplar de Luis Algarra de irreprochable cuajo y armónica lámina. Manuel Escribano lo saludó con la efervescencia que dicta su concepto, echándose de hinojos en el tercio para recetar una vibrante larga cambiada que enlazó, ya en pie, con una tijerina de primoroso trazo y sabor. Tras un paso puramente diplomático por el peto, medido con extremo celo para no vaciar el tanque de oxígeno del animal, la plaza volvió a rugir con el deslumbrante espectáculo del tercio compartido.
La liturgia de los palos regaló pasajes de máxima intensidad. Ismael Martín pisó terrenos comprometidísimos, aguantando estoico a un toro que se le vino encima como un tren; sin apenas margen para cuadrar en la cara, tiró de valor seco para clavar un par de enorme exposición. El Fandi replicó con un sobrio y ajustado par de poder a poder, dejando la escena servida para que Escribano cerrara el tercio clavando al quiebro, firmando una suerte de altísima relevancia y exposición que puso a El Plantío en pie.
Brindó el de Gerena al respetable e inició su monólogo muletero en los medios, anclado en la arena para pasarse la anatomía del astado por la faja en una soberbia tanda de estatuarios de impávida quietud. Sin embargo, el guion del astado resultó ser un calco del abreplaza: atesoraba un fondo de gran nobleza, pero adolecía de un alarmante déficit de motor. La obra, irremediablemente, transitó de más a menos a medida que el de Algarra claudicaba.
Ante el apagón, Escribano sacó a relucir su abrumadora madurez técnica. A base de temple y de tragar paquete, logró exprimir hasta la última gota de embestida, brillando especialmente al torear en redondo por el pitón derecho. Quizá el trasteo pecó de una excesiva largura, obstinado el espada en sostener lo insostenible, pero el mérito lidiador resultó incontestable.
Para abrochar la labor, recurrió a las socorridas manoletinas. Un epílogo ejecutado hoy con innegable brillantez y ajuste por el torero sevillano, pero que invita a una honda y necesaria reflexión sobre el toreo moderno: la tauromaquia corre el serio peligro de vulgarizar esta suerte por su sistemático abuso. Lo que antaño era una asfixiante y excepcional rúbrica de valor final, se ha convertido hoy en una letanía previsible que peca de escasez de originalidad en demasiados trasteos.
Reflexiones al margen, Escribano no quiso dejar escapar el triunfo y rubricó su inteligente labor con una gran y contundente estocada. El palco, calibrando el esfuerzo de exprimir la nobleza a cuentagotas de su oponente, le concedió una oreja de indiscutible peso.
Por Aitor Vian
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Asomó por los chiqueros de El Plantío el abreplaza de Luis Algarra, un astado de intachable presentación que devolvió de golpe la seriedad al coso. David Fandila 'El Fandi', sabedor del terreno que pisa, encendió la mecha desde el primer latido: se fue al tercio y, con las rodillas firmemente clavadas en la arena, recetó dos vibrantes largas cambiadas hilvanadas con un ramillete de airosas y jaleadas chicuelinas. El paso por el caballo fue un mero trámite, un castigo puramente testimonial medido con escrupuloso tacto para preservar la frescura y el motor del animal de cara al esperado epílogo del segundo tercio.
Y el espectáculo no defraudó. La plaza paladeó la cada vez más inusual y bellísima liturgia de un tercio de banderillas compartido entre la terna. Qué inmenso acierto sería que los despachos apostaran con más frecuencia por recuperar estos carteles de toreros banderilleros que tanto alimentan el rito. Manuel Escribano rompió el hielo asomándose al balcón en un meritorio par de poder a poder. La réplica llegó de manos de la savia nueva de Ismael Martín, que se llevó los mayores honores de la lidia al cuadrar un par soberbio y en todo lo alto. El Fandi abrochó el tercio desatando el bullicio con su clásico alarde físico al violín, si bien la colocación de los palos resultó algo caída.
Tras brindar la muerte del animal al cónclave, el granadino izó el telón de su labor de rodillas en el mismísimo platillo. Desde allí, exigiendo por abajo, encadenó derechazos de innegable gusto y circulares de profunda continuidad que hacían presagiar una obra mayor. El de Algarra atesoraba en su interior el gran tesoro de la nobleza, pero pronto evidenció que su depósito de gasolina estaba en la reserva. Huérfano de motor, el astado se vino abajo de manera inexorable.
Fue entonces cuando emergió el inagotable arsenal del torero. Ante el apagón del astado, El Fandi tiró de oficio y encendió toda su maquinaria de recursos técnicos: vistosos molinetes, temerarios desplantes de hinojos, abaniqueos floridos y circulares para tapar las carencias del animal. Una labor de efervescente conexión que hizo hervir a las peñas burgalesas con un fervor absoluto. A la hora de la suerte suprema, dejó una estocada de colocación tendida que hizo necesario el uso de dos golpes de descabello. El clamor popular empujó al usía a asomar el pañuelo, concediendo una festiva oreja.
Por Aitor Vian
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🟣BURGOS🟣
Sigue aquí el toro a toro.
Burgos. Quinta y última de feria. Toros de Luis Algarra para El Fandi (Blanco y plata con los cabros negros), Manuel Escribano (Esmeralda y oro) e Ismael Martín (Gris plomo y oro). Tres cuartos de plaza.
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https://open.spotify.com/episode/3GcaC9JMj0bmxuQL5M14g3?si=Pw1Do5cFT2S810wJZ67n3Q
Ya disponible el episodio 51 con Sánchez Vara en Spotify, no te lo pierdas🤩🤘
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Novillada sin Picadores :
Sevilla :
Toros : Pablo Mayoral.
- Curro Muñoz : Silencio tras dos avisos.
- Antonio Santana : Silencio tras aviso.
- Manuel Martínez : Ovación.
- Roberto Cordero : Vuelta al ruedo.
- Cristian Restrepo : Silencio.
- Juanmi Vidal : Vuelta al ruedo tras aviso.
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