Todos fuimos aprendiendo a amar, realmente, como pudimos: según lo que vivimos, según lo que nos enseñaron, según lo que vimos. Muchas formas las copiamos, las adquirimos sin darnos cuenta. Otras las fuimos construyendo nosotros mismos por decisiones propias. En definitiva, no somos perfectos ni mucho menos. No amamos perfectamente, como quiere el Padre, porque no nos amaron perfectamente. Ni tu familia ni la mía es perfecta. Sin embargo, a pesar de todo esto, estamos hechos para amar, y para amar como ama Dio. Y es lo único que nos dará la verdadera felicidad. Hoy Jesús nos propone el desafío más grande que podamos imaginar, el pico más alto que podamos subir en la vida espiritual, un desafío no apto para cardíacos, para aquellos que tienen vértigo: “Sean perfectos como el Padre que está en el cielo es perfecto” o, como dice otra traducción, “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” Increíble la propuesta, increíble invitación de Jesús.
Antes que nada, debemos evitar confundir la palabra perfección con un perfeccionismo moral, o como pretensión de no equivocarse nunca, de no caerse, como un perfeccionismo humano, un moralismo. No, Jesús se refiere a otra cosa más profunda. Tenemos que ir más allá de la justicia de los escribas y fariseos, que incluye el deseo de no equivocarse, por supuesto. En el fondo nos está diciendo (dicho de otro modo): Amen como ama mi Padre, amen como los ama mi Padre, amen a buenos y malos. Tengan misericordia. No discriminen el amor diciendo quién es digno de ser amado. Un hijo de Dios quiere amar como su Dios, como su Padre. Seguimos con el tema de ser hijos. Porque si somos hijos ¿cómo vamos a odiar a alguien? Si somos hijos de un mismo Padre que ama a todos ¿cómo es posible que le niegues el saludo a alguien? El odio, el rencor, el enojo, el negar un saludo, el devolver con el mal al mismo mal, son reacciones de los que todavía son inmaduros, no se sienten hijos de un mismo Padre, del que todavía no cree verdaderamente, no tiene la fe suficiente, para creer que Dios todo lo puede.
Jesús nos mandó estas cosas no solo por los enemigos en sí mismos, por aquellos que no nos aman o nos hicieron algún mal, sino también por amor a nosotros mismos. No solo porque todos son dignos de ser amados, incluso los enemigos, como vos y yo, que también a veces nos hemos comportado como enemigos que, a pesar de nuestros errores también nos merecemos el amor, sino porque nosotros tampoco somos dignos de odiar a nadie. Nos hace mal.
Ahí está la enseñanza profunda de hoy. El odio daña al que lo tiene. Te daña a vos mismo. Por eso al perdonar a un enemigo te perdonás también a vos mismo. Te librás de un peso muy grande. Nos podemos preguntar: ¿Quiénes son tus enemigos? No solo los que alguna vez nos hicieron un mal, sino también aquellos que nos cuesta amar por diferentes razones, aquellos que no nos caen bien, aquellos que nuestro corazón rechaza por “una cuestión de piel” como decimos. ¿Qué nos pide Jesús: que seamos amigos, que andemos a los abrazos? No, que por lo menos no le neguemos el saludo, que recemos por ellos, que no lo critiquemos, que no le hagamos mal, que no lo juzguemos, que no les paguemos con la misma moneda.
No nos olvidemos que el mandato de Jesús es también por nosotros mismos. Acordémonos que no somos dignos de odiar a nadie. Nuestro corazón está hecho para cosas más grandes. Somos hijos de un mismo Padre que ama a todos y está deseando siempre que sus hijos no se desprecien entre sí. Lo mismo que vos pretendés con tus hijos. Probá hoy saludar al que no te saluda, al que te lo negó alguna vez, probá rezar por el que no te quiere y te critica. Probá mirar de otra manera a aquel que no te cae tan bien. Vas a ver que no nos vamos a arrepentir. Vas a ver que no te vas a arrepentir.
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p. Rodrigo Aguilar