Amanecer Celestial (Religión Católica)
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CARTA ENCÍCLICA
PRAECLARA GRATULATIONIS
DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR
LEÓN
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XIII
A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS LOCALES
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA
SOBRE LA UNIDAD DE LA HUMANIDAD EN LA FE
(20 de Junio de 1894)
Motivo de la Encíclica: la concordia de todos en el homenaje y sus propios esfuerzos por la unidad de todos en la fe.
Las preclaras manifestaciones de felicitación pública que en el decurso del año pasado Nos vinieron de todas partes para celebrar Nuestro jubileo episcopal, y que hace poco tuvieron su corona con la insigne piedad de la nación española: ellos Nos consolaron principalmente porque en aquella unanimidad de sentimientos se reflejaba la unidad de la Iglesia y su admirable unión con el Sumo Pontífice.
En aquellos días parecía que el mundo católico, olvidado de toda otra preocupación, tuviera fija su mirada y sus pensamientos en el Vaticano. Embajadas de Príncipes, multitud frecuente de peregrinaciones, cartas llenas de afecto, augustísimas ceremonias significaban muy claramente la unidad de los católicos -sólo un corazón y un alma sola- en la reverencia a la Sede Apostólica. Y aun nos resultaba ello tanto más grato, cuanto que mejor respondía a Nuestros pensamientos e intenciones. Pues, conociendo Nos bien la condición de los tiempos y recordando Nuestro deber, durante todo Nuestro pontificado siempre hemos tenido como mira, y en lo posible lo hemos procurado Nos por las enseñanzas y Nuestra actuación, el estrechar con Nos lo más íntimamente posible a todos los pueblos y a las naciones todas, y poner de relieve la multiforme acción benéfica del Pontificado romano. Damos, pues, sumas gracias y Nos declaramos, ante todo, obligados a la divina bondad, por cuyo singular beneficio hemos podido llegar a tan avanzada edad. Vaya luego Nuestra gratitud a los Príncipes, Obispos, al clero y a todos cuantos, mediante toda clase de demostraciones de piedad y de homenaje, honraron la dignidad del ministerio apostólico y ofrecieron, a la vez, oportuno consuelo a Nuestra persona.
La unión de todos los hombres en la fe, suma aspiración
Faltó, naturalmente mucho para que Nuestro consuelo fuera pleno y perfecto; pues, en medio de los testimonios de alegría y de amor de los pueblos, en Nuestro ánimo estaba siempre fija una innumerable multitud, extraña a aquella armonía festiva de todos los católicos: los unos, por desconocer plenamente el Evangelio; los otros, porque, aun siendo cristianos, disienten de la fe católica. Grande era, y es aún, Nuestra tristeza por ello; ni es posible no sentir un grande e íntimo dolor, al pensar en ese grupo inmenso del género humano que equivocados de rumbo peregrinan lejos de nosotros.
Pues Dios todopoderoso, desea que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la Verdad (Cf. 1 Tim. 2, 4.), y porque años y amarguras Nos acercan al final de la mortal carrera, Nos place imitar a nuestro Redentor y maestro, Jesucristo, que, al volverse al cielo, con la más ferviente plegaria pidió al Dios Padre que sus discípulos y seguidores fueran una sola cosa, en mente y en corazón: Ruego... que todos sean una cosa, como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que también ellos sean en nosotros una cosa (Io. 17, 20-21). Plegaria y súplica divina que, por haber sido hecha no por los que ya creían en Cristo, sino por los que debían creer más adelante, no sin razón creemos que signifiquen bien Nuestros deseos de trabajar a fin de que todos, en toda tierra y nación, sean llamados y movidos a la unidad de la fe divina.
Los gentiles y la fe cristiana
❇️Magisterio: Encíclica Sobre la Unidad de la Humanidad en la Fe
PAPA LEON XIII
Pero es fácil comprender que sentirán más abundantemente estas ventajas aquellos que, inscritos en la santa Cofradía del Rosario, se distinguen por una unión particular y verdaderamente fraternal y por su devoción a la Santísima Virgen. Pues estas cofradías, aprobadas por la autoridad de los pontífices romanos, colmadas por ellos de privilegios y enriquecidas de indulgencias, tienen su propia forma de orden y gobierno, tienen asambleas a fecha fija y gozan de poderosos apoyos, que les aseguran su prosperidad y las hacen grandemente provechosas para la sociedad humana. Estos son ejércitos que combaten los combates de Cristo por sus misterios sagrados, bajo los auspicios y la guía de la Reina del cielo; se ha podido averiguar en todo tiempo, y sobre todo en Lepanto, cuán favorable se ha mostrado a sus súplicas y a las ceremonias y procesiones que ellos han organizado.
Es, pues, obvio mostrar gran celo y esfuerzo en fundar, acrecentar y gobernar tales cofradías. Nos no hablamos aquí sólo a los encargados de esta misión, según su instituto, sino a todos los que tienen el cuidado de las almas y, sobre todo, el ministerio de las iglesias en las que estas cofradías están instituidas. Nos deseamos también ardientemente que los que emprenden viajes para propagar la doctrina de Cristo entre las naciones bárbaras, o para afirmarla donde ya se ha establecido, propaguen asimismo la devoción del Rosario.
Con las exhortaciones de todos los misioneros, Nos no dudamos que ha de haber un gran número de cristianos, cuidadosos de sus intereses espirituales, que se harán inscribir en esta misma Cofradía y se esforzarán por adquirir los bienes del alma que Nos hemos indicado; aquellos, sobre todo, que constituyen la razón de ser y, en algún modo, la esencia del Rosario. El ejemplo de los miembros de la Cofradía inspirará a los demás fieles un respeto y una piedad muy grandes hacia el mismo Rosario. Estos, animados por ejemplos semejantes, pondrán todo su celo en tomar parte en estos bienes tan saludables. Tal es nuestro deseo más ardiente.
Esta es, de consiguiente, la esperanza que nos guía y nos anima en medio de los grandes males que sufre la sociedad. ¡Ojalá, gracias a tantas oraciones, María, la Madre de Dios y de los hombres, que nos ha dado el Rosario y que es su Reina, pueda hacer de suerte que esta esperanza se realice por completo! Nos tenemos confianza, venerables hermanos, en que vuestro concurso, nuestras enseñanzas y nuestros deseos contribuirán a la prosperidad de las familias, a la paz de los pueblos y al bien de la tierra.
Dado en San Pedro, Roma, el 8 de septiembre, en el año de nuestro señor de 1893, siendo el año 16 de Nuestro Pontificado.
LEÓN PP. XIII
