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Era tan jodidamente delicioso como caliente ver este resultado tan favorable para este maduro bastardo, quien había logrado corromper por completo el cuerpo y la mente de la jovencita con mayor futuro de toda la escuela, que para colmo era la hija única del director, en tan solo un par de meses ejerciendo como profesor sustituto. Su llegada a esa escuela llena de mocosos con dinero no fue más que el comienzo de un plan mucho más siniestro que el de ser un simple maestro, este cabrón ambicionaba algo mucho más profundo y perverso, y esta situación era la culminación de su arduo trabajo en la llamada educación, una educación que había consistido en moldear a esta colegiala hasta convertirla en su puta personal, en su perra sin cerebro que vivía exclusivamente para y por su verga, ansiosa por recibir cada embestida como si fuera su razón de existir.
Este hombre había transformado a esa estudiante ejemplar en su juguete sexual sumiso, su coño y su útero recibían una paliza sin igual cada vez que tenían la oportunidad, una brutalidad que su inútil novio jamás podría igualar. Sí, esa zorra tenía un novio, pero le era infiel de la manera más descarada y humillante posible, llenando su chat de audios donde gemía como una perra en celo, fotos donde aparecía siendo empotrada contra el pizarrón o sobre el escritorio del profesor, y videos larguísimos donde era follada con una violencia que la dejaba temblando e inconsistente. Lo más retorcido de todo era que a ese mocoso de mierda le excitaba profundamente ver a su novia siendo sometida por un hombre maduro, al punto de que podía presenciar en persona cómo su chica era usada como una puta ninfómana frente a sus ojos, y en lugar de enfadarse, se masturbaba hasta quedar exhausto, disfrutando del espectáculo perverso que su maestro y su novia le ofrecían.
Las sesiones entre el profesor y la estudiante eran épicas en su depravación, él la doblegaba en cada rincón disponible del colegio, desde el salón de clases vacío hasta el baño de profesores, follándola con una energía inagotable que solo un hombre experimentado podría tener, mientras el novio observaba desde un rincón, con la verga en la mano y los ojos vidriosos, animándolos a que fueran más lejos, a que la destruyeran aún más. Ella, por su parte, había abrazado por completo su papel de puta sumisa, su cerebro había sido lavado para desear solo la verga de su maestro, y cada orgasmo que tenía solo profundizaba su adicción a este juego sucio, a esta dinámica donde el poder y el placer se entrelazaban de la manera más obscena.
Al final, lo que comenzó como una fantasía retorcida se había convertido en una realidad cotidiana, donde esta jovencita ya no era la estudiante modelo sino la perra personal de su profesor, y donde su novio no era más que un espectador complaciente en esta obra de teatro sexual. Este triángulo perverso era el sueño húmedo de cualquier degenerado, y el profesor sabía que había ganado, que había convertido a la hija del director en su puta y al novio en su cómplice, sellando su dominio sobre ambos en una espiral de lujuria que no mostraba signos de detenerse, porque cuando se trata de corrupción y placer, algunos están dispuestos a cruzar cualquier línea con tal de satisfacer sus deseos más oscuros.
La pequeña zorra de culo prominente llamada Gwen Tennyson andaba tan increíblemente cachonda ese día en la playa que, con la arrogancia típica de una adolescente hormonal, creyó que podía pasearse con un micro bikini negro diminuto frente a un hombre maduro y musculoso sin enfrentar consecuencias, como si su juventud fuera un escudo mágico contra los deseos más oscuros de un adulto. Esa suposición no podía estar más equivocada, porque a ese tipo le importaba una mierda la edad o las apariencias, su verga se puso dura al instante al ver cómo ese pedazo de tela apenas cubría sus curvas voluptuosas, y no estaba dispuesto a dejar que una mocosa provocativa como ella lo tentara y se fuera como si nada, dejándolo con una erección dolorosa y un morbo insoportable. Decidió que no podía permitir que se saliera con la suya, así que la agarró con fuerza y la llevó a una zona aislada de la playa, lejos de miradas curiosas, donde los sonidos del mar ahogarían los gemidos que pronto saldrían de su boca.
Una vez que estuvieron solos, el tipo no perdió el tiempo y la sometió con una fuerza brutal, desgarrando ese bikini ridículamente pequeño como si fuera papel y exponiendo su cuerpo joven y tembloroso al aire salado de la playa. La levantó en una posición de Full Nelson, con sus piernas colgando inútiles y su espalda arqueada contra su pecho, un dominio total que le impedía cualquier escape mientras su verga negra, enorme y gruesa, se alineaba con su ano apretado. Gwen, aunque intentaba mantener su fachada de niña rebelde, no pudo contener los gritos cuando él enterró su miembro en su trasero con un empujón brutal, un dolor y placer mezclados que la hicieron convulsionar al instante, su cuerpo joven siendo violado con una intensidad que nunca había experimentado.
Mientras la follaba por el culo con embestidas largas y profundas, el tipo le susurraba insultos y advertencias en el oído, recordándole que las mocosas como ella no deberían jugar con fuego si no quieren quemarse, pero Gwen, en lugar de aprender la lección, respondía con más insultos y maldiciones, aunque su cuerpo delataba su excitación. Su ano se ajustaba alrededor de su verga como un guante, exprimiéndola con cada movimiento, mientras su coño, completamente ignorado pero igual de sensible, tenía orgasmos múltiples y espontáneos que la dejaban jadeando y con los ojos en blanco, una reacción involuntaria a la brutalidad y la habilidad con la que estaba siendo usada. Los fluidos corrían por sus muslos, mezclándose con la arena, y sus uñas se clavaban en los brazos del hombre, buscando un ancla en medio de la tormenta de sensaciones que la estaba destrozando y reconstruyendo al mismo tiempo.
El acto continuó durante lo que pareció una eternidad, con Gwen colgando en el aire, impalada en esa verga negra que no parecía tener fin, cada embestida llevándola más cerca del borde de la locura, hasta que finalmente, el hombre soltó un gruñido gutural y descargó su semen caliente en lo más profundo de su entrañas, llenándola con una cantidad que hizo que su estómago se abultara levemente. Al soltarla, ella cayó temblorosa y exhausta en la arena, con el cerebro derretido y el cuerpo marcado, pero con una sonrisa de satisfacción perversa en sus labios, sabiendo que, a pesar de la violencia, había encontrado el placer más intenso de su vida en manos de un extraño que no tuvo piedad. Esta experiencia, aunque brutal, solo avivó su lujuria y su deseo de seguir explorando los límites del peligro y el placer, una adicción que prometía llevarla por caminos aún más oscuros y retorcidos en el futuro.
[ Consecuencias Inmediatas Y El Castigo Que Se Ganó Por Ser Una Exhibicionista Descarada ]
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 19 ⦁☚
Ella, como siempre, con esa actitud que me saca de mis casillas, se levantó de mi sofá y se acercó a mí con ese andar coqueto y sexy que hace que cada uno de sus movimientos sea una provocación directa. Su vestimenta del día era un short de jean tan diminuto que apenas le cubría ese culo gordo que tanto me obsesiona, y un top negro tan ajustado y escotado que casi dejaba sus pezones al descubierto, tentándome a que los tocara o los mordiera. Sería una mentira decir que mi verga, que ya estaba dura desde que la vi, no se puso aún más dura al verla acercarse, y ella lo notó de inmediato, posando su mano sobre el bulto en mi entrepierna con una sonrisa burlona. "Qué pasa, viejo verde, apenas me ves y ya se te para toda la verga por mí", me dijo en un tono juguetón y desafiante, "¿Tan cachondo estás que ni podés disimularlo? ¿Acaso querés follarme ahora mismo y reventarme este coño con esa cosa enorme que tenés escondida?".
Dejé escapar un suspiro pesado, aparté su mano con rudeza y la cargué en mis brazos, sentándome en el sofá con ella sobre mi regazo, en un intento desesperado por recuperar un poco de control. "Dejá de ser una perra cachonda por un rato y dejame disfrutar de la tele en paz", le dije, pero era obvio que ella no me lo permitiría, porque inmediatamente se ajustó sobre mis piernas y, con la excusa barata de que hacía calor, se levantó el top, dejando sus tetas completamente al aire. Luego, abrazó mi cuello y comenzó a darme besos en la mejilla, susurrándome vulgaridades al oído con esa voz que me enciende como nada, "Mirá lo mojada que estoy por vos, vecino, solo de pensar en tu verga dentro de mí".
Cansado de sus juegos, agarré sus manos y las aparté, acercándola y presionándola contra mí para callar sus labios con un beso intenso y baboso que ella recibió con un gemido de aprobación, nuestras lenguas enredándose en un baile húmedo y desesperado mientras sus dedos se enterraban en mi cabello y los míos se cerraban alrededor de sus caderas, marcando su piel con mis uñas. Después de varios minutos de este intercambio, nos separamos jadeando, pero ella, en un movimiento tan cruel como delicioso, deslizó su mano bajo mi bata y liberó mi verga, que ahora palpitaba al aire libre, y la aprisionó entre sus muslos suaves y carnosos. "Dios, es tan grande que ni mis muslos la cubren por completo", rió burlonamente, "Vas a tener que esforzarte mucho para resistirte a follarme, ¿sabés?".
Sin darme tiempo a responder, selló mis labios con otro beso profundo, mientras sus muslos se frotaban contra mi verga con una precisión y una velocidad que me hicieron gemir contra su boca, cada movimiento diseñado para llevarme al borde del éxtasis sin concederme el alivio final. "Te gusta, ¿verdad? Sentir cómo te caliento con mis piernas mientras te beso como si fueras mío", susurró entre beso y beso, y yo, aunque quería empotrarla contra el sofá y darle lo que tanto pedía, me mantuve firme en mi decisión de torturarnos a ambos, sabiendo que esta tensión solo haría que el eventual clímax fuera aún más explosivo y satisfactorio.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 18 ⦁☚
Por fin pude descansar un poco después de pasar un día entero y una noche completa en compañía de esa pequeña puta sinvergüenza, que dejó mi casa hecha un desastre absoluto, tanto que tuve que dedicar toda la mañana a limpiar cada rincón. Sus fluidos vaginales estaban por todas partes, en el sofá, en las sillas e incluso en la cocina, mezclados con manchas de bebidas y restos de comida, un testimonio de la noche depravada que compartimos. Encontré su lencería diminuta y rota tirada en el pasillo, esa misma que había desgarrado con mis propias manos, y en lugar de tirarla, la guardé como un "recuerdo" sucio, un trofeo de esta obsesión que nos consume. Cuando finalmente terminé de ordenar, ya era mediodía y estaba tan agotado física y mentalmente que decidí darme un baño caliente para relajarme, pero ni siquiera en el agua pude escapar de ella, porque cada vez que cerraba los ojos, recordaba sus besos babosos, la suavidad de su piel joven y ese aroma dulce y provocativo que impregna cada rincón de mi casa.
Esos pensamientos me pusieron tan duro que no pude resistir la tentación de agarrar mi verga y comenzar a masturbarme lentamente, imaginando escenas donde la sometía por completo, donde la follaba con una brutalidad que la dejaba balbuceando y sumisa, llenando su coño una y otra vez con mi semen hasta dejarla preñada y marcada para siempre. Dios, sé que la diferencia de edad entre nosotros es enorme y que esto está mal en todos los niveles, pero no me pueden culpar si esa perra se la pasa provocándome de la manera más vulgar posible, mostrando su cuerpo y su actitud de zorra en celo como si fuera un festín diseñado solo para mí. La odio con cada fibra de mi ser, la odio por invadir mi espacio y mi paz mental, pero mi verga la ama, la necesita con una urgencia que me enferma, quiere reventarla y romperla hasta que no pueda olvidar mi nombre ni aunque lo intente.
Al final, solté una carga enorme de semen que salió a chorros mientras jadeaba pesadamente, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso por el placer, pero incluso después de correrme, supe que no era suficiente, que esta adicción a esa puta no se iba a calmar con solo una paja. Terminé mi baño con el agua ya fría y salí del baño con mi bata puesta, pero mi verga seguía dura y palpitando, una prueba de que ella todavía me tenía en su poder. Caminé hacia la sala con la intención de ver la televisión un rato para distraerme, pero ahí estaba ella, sentada en mi sofá como si nada, viendo la tele y comiendo dulces con esa tranquilidad que me saca de quicio. Al verme, me lanzó una sonrisa burlona y me saludó desde la distancia como si fuéramos viejos amigos, "Hola, vecino, ¿ya te recuperaste de anoche?". Di un suspiro profundo, sabiendo que esto no iba a acabar bien, que esta dinámica tóxica estaba lejos de terminar y que, a pesar de todo, mi cuerpo y mi mente seguían atrapados en esta espiral de lujuria y odio que solo ella puede proporcionar.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 17 ⦁☚
Al final me dormí yo también, no pude vencer el cansancio y caí en un sueño profundo hasta la mañana siguiente, ni siquiera había salido el sol cuando comencé a sentir algo cálido y pesado encima de mí, junto con un aroma dulce que me embriagaba lentamente. Al abrir los ojos con dificultad, ahí estaba ella, recostada boca abajo sobre mi pecho como si fuera su propiedad, dándome los buenos días entre insultos y ese egocentrismo que la caracteriza, "Despertate, viejo pervertido, que tu puta favorita ya está aburrida de esperar". No me dejó terminar ni una frase antes de sellar mis labios con un beso baboso de buenos días, mientras su mano ya estaba masajeando mi verga dura a través del pantalón con una habilidad que me hizo arquearme al instante. Entre ese beso húmedo y asfixiante, ella murmuró contra mis labios, "Tengo mucha hambre, vecino, y quiero desayunar algo grande, duro, grueso y sobre todo maduro... quiero pasar toda la puta mañana con eso en mi boca hasta quedar llena e idiota".
Yo, aunque mi cuerpo respondía a su provocación, no perdí la oportunidad de recordarle su lugar, apretando su culo gordo con fuerza y enterrando mis dedos en su coño ya empapado desde temprano. "Eso que pedís es un premio muy grande para una puta como vos, nena, y te vas a tener que conformar con lo que te doy ahora", le dije con desdén, mis dedos moviéndose dentro de ella con una rudeza que la hizo gemir y agarrarse a mis hombros. Entre burlas y humillaciones, la masturbé tan jodidamente bien que su cuerpo comenzó a temblar y sus gemidos se volvieron más agudos, hasta que finalmente pegó un grito desgarrador cuando un orgasmo violento la sacudió, haciendo que sus fluidos mancharan mis dedos y la sábana debajo de nosotros. "Dios, sí, así, no pares", jadeó, pero yo ya había logrado mi objetivo.
Para callar su grito, capturé sus labios en un beso aún más intenso y dominante, mi lengua invadiendo su boca con una ferocidad que le dejó claro que, aunque ella intentara mil veces, nunca podría dominarme. Ni siquiera retiré mis dedos de su coño mientras nos besábamos, sintiendo cómo sus paredes vaginales seguían palpitando alrededor de mis dedos, un recordatorio de quién tenía el control en esta dinámica retorcida. Cuando finalmente me separé del beso, jadeando y con sus fluidos still en mis manos, le dije con una voz fría y autoritaria, "Ahora andate a tu casa, putita, y si no lo hacés ahora mismo, no volvés a sentir mis dedos en ese coño nunca más". Ella me miró con una mezcla de falsa indignación y desinterés, como si mis palabras no le afectaran, pero después de unos segundos de silencio tenso, finalmente se rindió, levantándose de la cama con un bufido y recogiendo su ropa del suelo. "Está bien, me voy, pero volvé esta tarde, viejo amargado, que te necesito", murmuró antes de salir de la habitación, y yo me quedé ahí, sabiendo que esta batalla había terminado, pero la guerra entre nosotros estaba lejos de terminar.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 16 ⦁☚
La noche se alargó mucho más de lo que esperaba, después de esa "comida" especial donde me devoré sus tetas como un animal hambriento, nos separamos y actuamos como si nada hubiera pasado, yo todavía vestido con mi ropa elegante y ella, la muy puta, completamente desnuda como si esa fuera su vestimenta natural. Me senté en el sofá para ver una película, tratando de distraerme, pero ella se acomodó a mi lado y no dejó de molestarme, rozándose contra mí cada pocos minutos y susurrándome insultos al oído hasta que no pude resistirlo y la atraje hacia mí, enredándonos en un beso baboso y profundo que dejó la película completamente en segundo plano. Nuestras lenguas luchaban por dominio mientras mis manos recorrían su cuerpo desnudo, y cuando intenté levantarme para ir a la cocina por una cerveza, ella me siguió como una gata fiel a su amo, restregándose contra mis piernas y mi espalda en busca de más atención, entre burlas e insultos que siempre terminaban conmigo ahorcándola contra mi pecho o azotando su culo gordo con fuerza.
"Cansate, puta, ¿no ves que quiero un momento de paz?", le gruñí en un momento, pero ella solo se rió y respondió, "Paz? Conmigo no existe eso, viejo amargado, así que aceptá que soy tu dueña". Incluso cuando llegó la hora en que debería haberse ido a su casa, la muy zorra no mostraba intenciones de irse, le ordené que se fuera y ella se rió en mi cara, deslizando su pequeña y hábil mano sobre el bulto de mi entrepierna para masajearlo con una presión que me hizo gemir. "¿En serio creés que me voy a ir cuando tu verga está tan dura por mí?", murmuró con una sonrisa burlona, y supe que estaba atrapado en su juego una vez más, porque mi cuerpo respondía a su tacto a pesar de mi exasperación.
Las horas pasaron y pasaron, con nosotros moviéndonos por toda la casa en un ciclo interminable de provocaciones, juegos sucios e insultos, desde el living hasta el pasillo y de vuelta a la cocina, cada rincón se convirtió en el escenario de nuestra dinámica tóxica. Ella no desaprovechó ni una sola oportunidad para sacar fotos y videos con su celular, capturando momentos donde yo la tenía contra la pared con mis manos alrededor de su cuello, o donde ella me montaba en el sofá con una sonrisa victoriosa, imágenes que dejaban en claro nuestro odio y deseo mutuo, un testimonio visual de esta obsesión enfermiza que nos consumía. "Así, sacá más, putita, después las usamos para recordarte lo sumisa que sos cuando te tengo bajo mi control", le dije en un momento, y ella, lejos de molestarse, posó para la cámara como una modelo profesional, mostrando las marcas de mis manos en su piel con orgullo.
Al final de la noche, cuando el cansancio empezó a apoderarse de nosotros, nos derrumbamos en el sofá, jadeantes y cubiertos de sudor, con ella acurrucada contra mí como si fuéramos amantes en lugar de enemigos. "Mañana vuelvo, no te hagás ilusiones de que me vas a sacar de tu vida tan fácil", murmuró antes de quedarse dormida, y yo, aunque sabía que esto era un desastre en todos los sentidos, no pude evitar abrazarla más fuerte, porque en el fondo, esta zorra se había convertido en la adicción más peligrosa y excitante de mi vida, y no había vuelta atrás.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 15 ⦁☚
Al salir de mi habitación ya vestido con ropa más elegante, como si tuviera una reunión importante, no la vi por el pasillo y por un momento pensé que tal vez había recuperado un poco de paz en mi propia casa. Caminé hasta la cocina en busca de algo de comer y revisé cada rincón, pero no estaba por ningún lado, así que me senté en mi silla con un café caliente y unas galletas, listo para disfrutar un momento de tranquilidad. Pero justo cuando estaba a punto de tomar el primer sorbo, esta zorra apareció de la nada, tan jodidamente caliente y egocéntrica como siempre, ahora completamente desnuda y con el coño tan mojado que podía ver sus fluidos brillando entre sus piernas. Sin decir una palabra, con una sonrisa burlona en su rostro, se sentó de frente sobre mi regazo, específicamente sobre mi verga, que no tardó en ponerse dura bajo su peso, y comenzó a restregar sus tetas gordas, suaves y firmes contra mi rostro, abrazando mi cabeza para enterrar mi cara entre sus pechos como si fueran mi única fuente de oxígeno.
Mientras movía sus caderas en pequeños sentones que frotaban su coño empapado contra mi entrepierna, no dejaba de insultarme con esa voz aguda que tanto me exaspera y me excita, "¿En serio vas a comer esa porquería cuando tenés mis tetas aquí, listas para que las devores, viejo imbécil?". Sus palabras eran una mezcla de provocación y invitación, y cuando se separó un poco solo para restregar sus pezones duros contra mis labios, supe que estaba probando mis límites una vez más. "Cobarde, ni siquiera te animás a chuparlas, ¿verdad? Solo sabés mirarlas como un perro hambriento", me escupió, y esa fue la gota que colmó el vaso. ¿Y sabés qué pasó? Lo hice, agarré sus tetas con ambas manos y enterré mi cara entre ellas, chupando y mordiendo sus pezones como un maldito enfermo, con una ferocidad que la hizo gemir y agarrarse de mis hombros.
Mis manos no se quedaron atrás, apretando y masajeando su culo gordo con una fuerza que dejaba marcas rojas en su piel, mientras mi boca devoraba sus tetas en un festín tan placentero que por un momento mi mente se quedó en blanco, completamente embriagado por su aroma a jovencita puta en celo, una mezcla de sudor, perfume barato y lujuria pura. Ella continuaba insultándome, pero sus palabras ahora sonaban más como gemidos de aprobación, "Sí, así, mordé más fuerte, maldito degenerado, mostrame lo hambriento que estás por mí". Cada vez que me separaba un poco para respirar, ella volvía a presionar mis labios contra sus pezones, restregándolos con más fuerza, hasta el punto en que sentía que me estaba quedando sin aire, pero no me importaba, porque el sabor de su piel y la sensación de sus tetas en mi boca eran demasiado adictivos para detenerme.
Los minutos pasaron y pasaron, con nosotros enredados en este acto de dominación y sumisión mutua, donde yo devoraba sus tetas como si fueran mi última comida y ella usaba mi obsesión para alimentar su propio ego y su placer. Finalmente, cuando me separé jadeando, con sus pezones enrojecidos y marcados por mis dientes, ella me miró con una sonrisa triunfante y susurró, "Ves, al final siempre terminás haciendo lo que yo quiero, puto". Pero en lugar de enfadarme, solo pude reírme, porque sabía que, aunque ella creía que tenía el control, en realidad ambos éramos solo dos adictos atrapados en este juego sucio, donde el odio y el deseo se fundían en una sola cosa, y donde cada encuentro nos llevaba más profundo en esta espiral de lujuria y degeneración.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 14 ⦁☚
El día solo fue mejorando mientras yo lentamente cedía a los deseos de esta zorra, pero siempre manteniendo el control y dejándola con las ganas justo en el momento crítico, jugando con su necesidad como un gato con un ratón. Ahora ella andaba por la casa sin bragas, mostrando ese coño siempre empapado, pero todavía con ese diminuto brasier que apenas contenía sus tetas, así que cuando la vi distraída paseándose por el pasillo como si fuera su propia mansión, la tomé completamente desprevenida. Con mis dos manos, agarré esa miserable tela y la desgarré de un tirón brutal, dejando sus tetas completamente expuestas y rebotando, mientras con mi mano izquierda presionaba su cuello y la aplastaba contra mi pecho, asfixiándola lo justo para que sintiera mi dominio. "Te gusta andar de puta por mi casa, ¿verdad, perra?", le gruñí en el oído, mientras con mi mano derecha pellizcaba y estiraba su pezón duro con una crueldad que la hizo gemir y arquearse contra mí.
Mis insultos fluían con una vulgaridad cargada de lujuria, cada palabra diseñada para humillarla y excitarla al mismo tiempo, "Sos una zorra patética que se pasea con ese culo gordo por la casa de un adulto, esperando que la follen como a una perra en celo, pero lo único que vas a tener son mis manos marcándote y mis palabras recordándote lo asquerosa que sos". Susurré estas cosas cerca de su oído, con un tono tan lleno de odio y deseo que sentí cómo su cuerpo temblaba contra el mío, y de repente, un espasmo la recorrió de pies a cabeza, sus piernas cedieron y un grito ahogado escapó de sus labios mientras su coño se contraía en un pequeño orgasmo involuntario, manchando aún más sus muslos ya empapados. "Mirá lo fácil que es hacerte venir, puta, solo con mis palabras y mis dedos", me burlé, sintiendo cómo su respiración se aceleraba y su piel se cubría de sudor.
Después de ese clímax humillante, me separé de ella bruscamente, dejándola tambaleándose y jadeando contra la pared, con sus tetas al aire y su cuerpo marcado por mis manos. "Ahora andá a limpiar el desastre que hiciste, zorra, porque voy a cambiarme de ropa, ya que tu sudor y tus fluidos asquerosos arruinaron mi camisa", le dije con desdén, como si fuera una sirvienta en lugar de la obsesión sexual que se había apoderado de mi vida. Ella, todavía temblorosa y con los ojos vidriosos, solo pudo mirarme con una mezcla de rabia y adoración, como si cada insulto y cada gesto de dominación solo profundizaran su adicción a esta dinámica retorcida.
Mientras me dirigía a mi habitación, sabía que esta zorra no se iría, que estaría ahí esperando cuando saliera, aún más necesitada y desesperada por mi atención, porque este juego de poder y sumisión se había convertido en el centro de su existencia. Y aunque yo seguía afirmando que la odiaba, la verdad era que esta relación enfermiza me tenía tan enganchado como a ella, porque no hay nada más excitante que tener a una jovencita sumisa y cachonda completamente devota a tu voluntad, dispuesta a hacer cualquier cosa por un poco de placer y mucho castigo. Esta era nuestra normalidad ahora, un ciclo interminable de provocación, humillación y lujuria que neither de nosotros quería romper, porque en el fondo, ambos éramos igual de perversos y depravados.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 13 ⦁☚
Después de masturbarla hasta el borde del orgasmo y luego negárselo cruelmente, terminé mi cerveza y salí de la cocina, pero no sin antes propinarle otra nalgada tan fuerte que hizo eco en la habitación, solo para oír cómo me insultaba a gritos desde la distancia, "Maldito hijueputa, me tenés con el coño ardiendo y te vas como si nada". Llegué a mi sofá individual en la sala, abrí otra cerveza bien fría y encendí la televisión, tratando de distraerme, pero esa zorra no tardó en aparecer, temblando y con las piernas inseguras, parándose al lado mío con esa mirada que mezclaba lujuria y furia de una manera que me vuelve loco. "Venís a joderme otra vez, putita?", le dije sin siquiera mirarla, y ella, con la voz quebrada por la excitación y la rabia, me escupió, "Sí, venía a recordarte lo marica que sos, teniendo mi coño goteando y prefiriendo ver esta mierda en la tele".
Mientras decía esto, noté que su diminuta braga negra ya no estaba, y su coño estaba completamente expuesto, húmedo y palpitando, como si me estuviera desafiando a hacer algo al respecto. "¿Y ahora qué, te sacaste la tanga para tentarme?", le pregunté con sarcasmo, y ella, cruzando los brazos sobre sus tetas, respondió, "No, para que veas lo que te estás perdiendo, cobarde". Pero antes de que pudiera seguir con sus reclamos, no perdí el tiempo y enterré mis dedos directamente en su coño, cortando sus palabras con un gruñido, "Callate de una puta vez, que tu boca solo sirve para gemir". Mis dedos se movieron dentro de ella con una rudeza que la hizo arquearse y agarrarse al brazo del sofá para no caerse, mientras yo, con la otra mano, seguía bebiendo mi cerveza como si nada, disfrutando de la contradicción de mi calma y su descontrol.
La masturbé sin pena alguna durante varios minutos, mis dedos explorando cada centímetro de su interior, frotando su punto G con una presión que la hacía temblar y gimotear, mientras sus fluidos empapaban mi mano y goteaban al suelo, creando un charco cada vez más grande. "¿Te gusta que te traten así, puta? ¿Que te usen como un juguete y luego te dejen con las ganas?", le susurré, y ella, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, solo podía asentir, demasiado perdida en el placer para formar palabras. No le tuve ninguna piedad, aumentando la velocidad y la fuerza de mis movimientos, follándola con los dedos como si quisiera extraer cada gota de su ser, hasta que su cuerpo comenzó a convulsionar y sus gemidos se volvieron más agudos y desesperados.
Finalmente, la muy puta llegó a un orgasmo explosivo que la hizo gritar y contraerse violentamente, con sus fluidos saliendo a chorros y cubriendo mi mano y el suelo con un líquido caliente y espeso. "Dios, sí, así, no pares", jadeó, pero yo ya había terminado, retirando mis dedos de su coño y limpiándolos en su muslo con desdén. "Ahí tenés, zorra, tu premio por ser tan insistente", le dije, y ella, jadeando y con las piernas temblorosas, se desplomó en el suelo junto al sofá, incapaz de moverse por unos momentos. El charco que dejó era un testimonio de su rendición, y aunque sabía que esto solo avivaría su obsesión, en ese momento, me sentí satisfecho por haberla llevado al límite y haber demostrado una vez más quién tenía el control en esta relación retorcida que nos une.
☛⦁ 𝐏𝐀𝐑𝐓𝐄 12 ⦁☚
No fue hasta el atardecer, cuando el sol ya casi se había ocultado y mi paciencia estaba por los suelos, que llegué a mi límite de tolerancia con esta zorra, andaba tan molesto como cachondo que decidí ir a la cocina para buscar una cerveza bien fría y tratar de calmarme un poco. Pero Dios, esta puta tenía otros planes, porque ahí estaba, inclinada sobre la barra que está al lado de la nevera, apoyando sus enormes tetas de puta contra la superficie y con sus piernas levemente separadas, empinando ese culo que tanto me vuelve loco mientras con los dedos de su mano derecha se masturbaba sin ningún pudor. Su insolencia había llegado a un punto donde ahora se tocaba como si nada en mi casa, como si fuera su propio dormitorio privado, y yo, conteniendo la rabia y la excitación, caminé como si nada hasta la nevera, insultándola por ser una exhibicionista barata que ama ser vista complaciéndose. "Qué asco me das, masturbándote como una perra en celo en mi cocina", le escupí, y ella, entre jadeos y gemidos, me respondió con un desafío aún mayor, "Cobarde, marica, tenés a una jovencita como yo, mojada y dispuesta, y no te animás a follarme como se merece".
Esas palabras, "cobarde" y "marica", resonaron en mi cabeza como un disparo, y en ese momento me enfadé tanto que sentí cómo la sangre me hervía en las venas. Con la lata de cerveza ya en mi mano izquierda, la abrí de un golpe seco y comencé a beberla con sorbos largos y fríos, tratando de apaciguar el fuego interno, pero con mi mano derecha, casi por instinto, le di una nalgada tan fuerte que resonó en toda la cocina, haciendo que su cuerpo se estremeciera y que un gemido agudo escapara de sus labios. Sin perder el ritmo, deslicé mis dedos desde su nalga enrojecida hasta su coño, frotando con rudeza sobre sus labios vaginales ya babosos y empapados, mientras continuaba insultándola, "Te gusta que te humille, ¿verdad, puta? Te gusta que te traten como la zorra sucia que sos". Ella solo podía jadear y gemir en respuesta, sus caderas se movían involuntariamente hacia mi mano, buscando más contacto, más presión, más de esa tortura que la volvía loca.
Mis dedos, ahora cubiertos de sus fluidos, no se detuvieron en la superficie, sino que se enterraron en su coño con una rapidez y fuerza brutales, penetrándola con una profundidad que la hizo gritar y agarrarse a la barra para no caerse. "Así, sí, dame más, por favor", suplicó entre gemidos, pero yo, lejos de complacerla, aceleré el movimiento de mis dedos, follándola con ellos como si fueran una extensión de mi rabia y mi lujuria. "Callate y aceptá lo que te toca, puta, hoy solo vas a tener mis dedos, aunque me pidas a gritos mi verga", le gruñí al oído, sintiendo cómo sus paredes vaginales se apretaban alrededor de mis dedos, como si intentaran exprimir cada gota de placer de este castigo. Cada embestida de mis dedos era acompañada por un insulto o una burla, "¿Esto es lo que querías, nena? ¿Que te folle con los dedos como si no valieras nada?", y ella, perdida en el éxtasis, solo podía asentir con la cabeza, demasiado sobrepasada por las sensaciones para formar palabras coherentes.
La escena era tan obscena como excitante, conmigo bebiendo mi cerveza fría como si nada, mientras mis dedos destruían su coño con una intensidad que la tenía al borde del orgasmo una y otra vez, pero siempre deteniéndome justo cuando estaba a punto de correrse, prolongando su tormento y su placer de manera cruel. "No, hoy no te vas a venir, putita, hoy solo vas a sufrir y gozar a medias", le anuncié, y ella respondió con un gemido de frustración que era música para mis oídos. Esta era mi venganza por sus insultos y su audacia, una manera de recordarle que, aunque no le había dado mi verga todavía, yo seguía teniendo el control total sobre su cuerpo y su placer, y que cada gemido que soltaba era un tributo a mi dominio sobre ella.
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Después de separarnos de ese beso intenso y baboso que nos dejó a ambos jadeando, el día continuó como los anteriores, pero con una enorme y jodida diferencia, esta puta ahora se paseaba por toda mi casa vestida solo con esa lencería negra ridículamente pequeña que hacía que sus tetas y su culo estuvieran casi al aire, moviéndose con una confianza exasperante como si mi casa fuera su puto burdel personal. Su coño estaba más baboso que nunca, dejando un rastro húmedo en cada silla o superficie donde se sentaba, y yo, por mi parte, no podía evitar tener la verga dura como una piedra todo el maldito día, whether estaba limpiando, trabajando en mi laptop o incluso hablando por teléfono con clientes importantes. "¿No te da vergüenza andar así, putita?", le gritaba desde la cocina, y ella, desde el living, respondía con una risa burlona, "¿Vergüenza? Para nada, vecino, al menos así cuando te ganas de follarme, ya estoy lista".
Su actitud empoderada y molesta llegó a nuevos niveles, porque no solo se paseaba en lencería, sino que actuaba como si mi casa le perteneciera, abriendo mi nevera para sacar comida sin preguntar, desordenando mis papeles importantes o cambiando el canal de la televisión sin mi permiso. "Oye, esto es mío, ¿sabés?", le reclamaba, y ella, mordiendo una manzana que había robado de mi cocina, soltaba, "Tranquilo, viejo amargado, total, después te lo pago con un buen polvo". Los insultos volaban de ambos lados, pero los de ella tenían una cualidad especialmente irritante, porque siempre terminaban con una sonrisa o un guiño que sabía que me calentaba más de lo que me enojaba. "Sos un amargado de mierda, pero al menos tenés buena verga, se te nota a través del pantalón", me escupió en un momento, y yo, con los dientes apretados, solo pude pensar en cómo iba a castigarla por esa audacia.
La otra gran diferencia de sus visitas anteriores era que yo ahora me había convertido en un bastardo sinvergüenza que no dudaba en responder a sus provocaciones con violencia o lujuria, dependiendo de mi estado de ánimo. Si se pasaba de lista, le daba una bofetada rápida que la hacía gemir y sonrojarse, o una nalgada tan fuerte que dejaba su piel marcada por horas, pero si sus insultos eran especialmente creativos, la callaba con un beso largo y caliente de lengua que nos dejaba a ambos sin aliento y con las bocas llenas de saliva. "Callate, puta, que tu boca solo sirve para dos cosas, insultar y chupar verga", le gruñía mientras mis labios sellaban los suyos, y ella, en lugar de ofenderse, respondía metiendo su lengua en mi boca con una urgencia que delataba su excitación.
El problema era que cada vez que usaba estos métodos para controlarla, la muy zorra se calentaba más y se volvía aún más molesta e insoportable, como si el castigo y el placer se mezclaran en un cóctel que la hacía más audaz. "Dale, golpeame más, que así me pongo más cachonda", me retaba después de una nalgada particularmente fuerte, y yo, aunque quería estrangularla, no podía negar que su actitud me excitaba hasta el punto del dolor. Esta dinámica tóxica se había convertido en un ciclo sin fin de provocación y respuesta, donde ambos éramos igual de culpables de alimentar este fuego que nos consumía, y aunque sabía que eventualmente tendría que follarla para saciar esta tensión, por ahora, disfrutaba demasiado de este juego de poder y sumisión que nos tenía atrapados en una espiral de odio y lujuria.
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Finalizamos ese día de la misma manera retorcida en que empezó, con besos tan calientes y babosos que nuestras lenguas parecían pelear por dominio, mezclados con insultos mutuos que salían entre jadeos y gemidos, mientras mis grandes manos se ocupaban de darle bofetadas en el rostro y nalgadas en ese culo gordo que tanto me obsesiona, todo para mantenerla a raya y recordarle quién tenía el control. No la follé, a pesar de que su coño empapado y sus suplicas mudas lo pedían a gritos, porque eso es exactamente lo que ella deseaba y no estaba dispuesto a concederle su capricho tan pronto, quería ver cómo lentamente caía en una adicción total hacia mí, cómo su necesidad se volvía tan insoportable que finalmente terminaría arrastrándose y rogándome que la reventara a folladas. Cuando se fue, lo hizo con las piernas temblorosas y el orgullo por los suelos, pero con una chispa de desafío en los ojos que prometía más para el día siguiente.
Y vaya si cumplió, porque al día siguiente volvió a mi casa, pero esta vez con una estrategia nueva, vestida con ropa ancha y grande que ocultaba cada curva de su cuerpo, una imagen tan inusual en ella que me tomó por sorpresa. "¿Qué mierda te pasó, enana? ¿Te robaron la ropa de puta?", le espeté al verla, pero ella solo sonrió con malicia mientras cruzaba mi puerta. Una vez que estuvimos a solas, sin decir una palabra, se quitó esa estúpida ropa holgada con un movimiento teatral, revelando una lencería negra jodidamente sexy y diminuta que no cubría prácticamente nada, un conjunto de encaje que dejaba sus tetas y su coño casi al descubierto, con medias hasta los muslos y un culo que parecía esculpido para mis manos. "Me compré esto a escondidas de mis papis, solo para vos, así que más te valía aprovecharlo, viejo verde", me dijo con esos ojos de puta en celo que me vuelven loco, desafiándome a hacer algo al respecto.
Sobra decir que no pude resistirme, la agarré con fuerza y la callé con un beso intenso de lengua que nos dejó a ambos sin aliento, mientras mis grandes manos se cerraban alrededor de su culo suave y blanco, apretando y marcando su piel como el maldito degenerado en que me he convertido por su culpa. "Qué puta más pretenciosa, creés que con un pedazo de tela me vas a comprar, ¿eh?", le gruñí entre besos, y ella respondió mordiendo mi labio inferior, "No, pero con este culo sí, y lo sabés". Mi verga estaba dura como una roca, palpitando dentro de mis pantalones con una urgencia que casi me hacía ceder, pero me mantuve firme en mi decisión de torturarla un poco más, de disfrutar este juego de calentarla y dejarla con las ganas, porque la desesperación en sus ojos era tan excitante como su cuerpo.
Pasamos lo que pareció una eternidad enredados en ese beso, con mis manos explorando cada centímetro de su lencería, deslizándose debajo de la tela para pellizcar sus pezones duros o meterse entre sus piernas para sentir cómo su coño goteaba por mí, pero siempre deteniéndome justo antes de darle lo que realmente quería. "Hoy no, putita, hoy solo vas a tener mis dedos y mis insultos", le susurré en el oído, y ella gimió de frustración, restregándose contra mí como una gata en celo. Esta tortura deliberada era mi nueva forma de dominación, y aunque ambos sabíamos que eventualmente cedería, por ahora, cada gemido ahogado y cada mirada suplicante eran el combustible que alimentaba mi lujuria y mi control sobre ella.
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Después de un par de nalgadas más, cada una más fuerte y resonante que la anterior, le di un pequeño descanso solo para ver cómo su cuerpo temblaba incontrolablemente y cómo jadeaba como una perra en celo, con su coño empapado goteando a través de sus lindas bragas negras y creando un charco húmedo en el suelo. Mis grandes manos, que momentos antes le habían propinado esos golpes, ahora se deslizaron suavemente sobre su culo gordo y enrojecido, acariciando la piel sensible y marcada, y esta mezcla de dolor y placer fue la cereza del pastel que la hizo estremecerse aún más, mostrando cuán adicta estaba a esta dinámica de castigo y recompensa. "Mirá cómo respondés a mis manos, putita, temblás como una hoja y tu coño no para de chorrear", le susurré con desprecio, y ella solo pudo gemir en respuesta, demasiado perdida en la sensación para formar palabras.
Luego, sin darle tiempo a recuperarse, la giré bruscamente para enfrentarla a mí, sujetando sus muñecas con una mano frente a su cuerpo y enredando su cabello en una coleta improvisada con la otra, forzándola a mirarme directamente a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento. "Sos una puta mocosa adicta a las nalgadas, ¿sabés?", le escupí, mis palabras cargadas de un odio que sentía genuino en ese momento, "Te odio, te odio desde el primer puto día en que entraste a mi casa como si fuera tuya, con esa actitud de zorra engreída que cree que puede tenerlo todo". Su respiración se aceleró, pero no por miedo, sino por excitación, sus pupilas se dilataron y un rubor oscuro cubrió sus mejillas, como si mis insultos fueran la mejor droga que había probado.
Y entonces, solté la bomba que llevaba semanas guardándome, "A partir de ahora, me importa una mierda lo que pensés, la moral, la ética, o la enorme diferencia de edad y estatura que hay entre nosotros, voy a tratarte como la puta que sos, sin filtros y sin límites". Esas palabras, duras y definitivas, parecieron activar algo profundo dentro de ella, porque de repente su cuerpo se tensó y un espasmo violento la recorrió de pies a cabeza, sus piernas cedieron y un grito ahogado escapó de sus labios mientras su coño se contraía en un orgasmo intenso e inesperado, manchando aún más sus bragas ya empapadas. "Dios, sí, así, tratame como tu puta", jadeó, con los ojos vidriosos y una sonrisa de éxtasis en el rostro, como si esta amenaza fuera la confirmación de todos sus deseos más oscuros.
Al ver su reacción, no pude evitar reírme con una mezcla de asombro y lujuria, porque esta perra no solo aceptaba su papel, sino que lo celebraba con un orgasmo que parecía sacado de sus fantasías más sucias. "Así que eso es lo que querías, ¿eh? Que te trate como un pedazo de carne, que te humille y te use sin importar nada", dije, apretando su cabello con más fuerza, y ella asintió frenéticamente, demasiado perdida en el placer para hablar. Esta era la nueva normalidad, un contrato no dicho donde el odio y el deseo se fundían en una simbiosis perfecta, y donde yo, finalmente, había aceptado mi papel como su verdugo y su amante, listo para explorar cada rincón de esta dinámica retorcida que nos unía en el pecado y la lujuria.
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Ese beso parecía no tener fin, mi lengua invadió su boca sin darle tregua alguna, explorando cada rincón y enredándose con la suya en un duelo húmedo y asfixiante, mientras mis manos apretaban su culo gordo con una fuerza que dejaba marcas rojas en su piel blanca. Ella parecía derretirse entre mis brazos, perdiendo fuerzas y rendiéndose al placer brutal de ese contacto, pero justo cuando sus gemidos se volvían más desesperados, me separé de sus labios solo para propinarle otra bofetada sonora con la misma mano que acababa de acariciar sus nalgas. "Cerrá el orto, puta, que te odio como no tenés idea", le escupí, viendo cómo su rostro se enrojecía por el golpe y la excitación, "Mi verga te odia aún más que yo, pero hoy te voy a dar un premio que no te merecés, una larga sesión de nalgadas para educar ese culo de zorra malcriada".
Antes de que pudiera responder, le di la vuelta bruscamente y desgarré ese intento barato de pijama que cubría su cuerpo, dejando al descubierto sus nalgas blancas y perfectas que se empinaban hacia mí en un gesto de sumisión involuntaria. Con mi mano izquierda, sujeté sus muñecas y las retorcí detrás de su espalda, inmovilizándola por completo contra la pared, mientras con mi derecha comencé a propinarle nalgadas fuertes y resonantes que hacían eco en la habitación. Cada golpe de mi palma contra su carne era acompañado por insultos y humillaciones que salían de lo más profundo de mi frustración y lujuria, "¿Te gusta que te traten como la perra que sos, nena? ¿Te calienta que tu vecino te castigue por ser una puta sinvergüenza?".
Ella respondía con gemidos entrecortados y sacudidas de placer, sus piernas temblaban y su respiración se aceleraba con cada nalgada, mientras intentaba arquearse más hacia mí, como pidiendo más castigo y más dolor. "Sí, más, por favor, no pares", jadeaba, pero yo solo me burlaba de su desesperación, "Callate y aceptá tu educación, zorra, hoy no vas a tener mi verga, solo mis manos marcando ese culo para que recordés quién manda aquí". Mis manos no tenían piedad, alternando entre nalgadas rápidas y fuertes pellizcos en su piel, creando un mosaico de marcas rojas y moretones que delataban cada segundo de su humillación.
Mientras continuaba con esta sesión de "educación", no podía evitar notar cómo su cuerpo respondía con una excitación enfermiza, sus fluidos vaginales manchaban sus muslos y sus gemidos se volvían más agudos y sumisos con cada impacto. Sabía que esta tortura era tan placentera para ella como lo era para mí, una manera retorcida de conectarnos a través del odio y la lujuria, y aunque no le había dado mi verga todavía, esta noche había logrado someterla por completo, dejándola claro que su cuerpo y su placer me pertenecían, sin importar cuánto nos insultáramos o nos odiáramos en la superficie.
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Después de varios minutos de intercambiar insultos como si fueran golpes, yo escupiéndole cada palabra con desprecio y ella devolviéndomelas con esa actitud de zorra engreída, me cansé de su bocota y le di una bofetada pequeña pero fuerte que resonó en la habitación. Ella jadeó y soltó un gemido agudo, mirándome con un falso desprecio que no podía ocultar la lujuria ardiente en sus ojos, "Cobarde, ¿así tratás a una jovencita? Ponerme las manos encima porque no sabés cómo controlarte". Mientras decía esto, cruzaba y descruzaba las piernas, frotándose en un intento desesperado por aliviar el ardor en su coño, pero antes de que pudiera soltar otro insulto, le propiné otra bofetada, esta vez con más fuerza, y tomé su barbilla con rudeza para obligarla a callarse. "Cerrá esa boca de una vez, que tu voz aguda y molesta me pone furioso", le gruñí, acercando mis labios a su oído, "Pero lo peor es que también me calienta demasiado, odio que seas una maldita perra hormonal que me tiene la verga jodidamente dura todo el día".
Ella respondió con más jadeos y gemidos, como si mis palabras fueran dedos recorriendo su cuerpo, y me miró con esa necesidad absurda y urgente de sexo que siempre la delata. Luego, en un intento patético de fingir orgullo, me insultó entre respiraciones entrecortadas, "Cobarde, tenés la verga dura y ni siquiera te animás a usarla, solo sabés golpear y gritar como un nene caprichoso". Pero antes de que pudiera terminar su oración, la callé de una vez por todas con un beso profundo, intenso y baboso, metiendo mi lengua en su boca como si fuera mi propiedad, dominando cada centímetro de su espacio con una experiencia que la dejó sin aire. Mi lengua se enredó con la suya en un baile húmedo y asfixiante, y mientras una mano seguía sujetando sus muñecas contra la pared por encima de su cabeza, usé la otra para agarrar su cintura con firmeza y apretarla contra mi cuerpo, eliminando cualquier espacio entre nosotros.
La pobrecita no podía hacer más que gemir ahogadamente contra mis labios, su cuerpo se estremecía con cada movimiento de mi lengua y sus caderas se empujaban involuntariamente hacia mi entrepierna, buscando el contacto que tanto anhelaba. "Calladita te ves mejor, putita", murmuré entre beso y beso, y ella solo pudo responder con un gemido vibrante que confirmaba su sumisión. Mis manos, ahora ambas en control total, una asegurando sus muñecas y la otra explorando su cintura y sus nalgas, marcaban cada centímetro de su piel como un recordatorio de quién mandaba aquí, de quién tenía el poder en esta dinámica retorcida que nos enredaba en odio y lujuria.
Este beso no era una caricia, era una conquista, una manera de sellar su rendición y de prepararla para lo que vendría, porque sabía que, después de esto, no habría vuelta atrás, que esta perra en celo finalmente obtendría lo que tanto había estado suplicando, pero en mis términos y bajo mi control. Mientras nuestras lenguas seguían luchando y nuestros cuerpos se fundían en un calor húmedo y promiscuo, supe que esta noche sería el climax de semanas de tensión acumulada, y que iba a follarla hasta que ambos olvidáramos por qué alguna vez nos odiamos, perdidos en un mar de gemidos, sudor y semen.
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