Un paseo para recordar
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decorado porque su traje estaba confeccionado con una tela muy fina y se
romperĂa si se enganchaba con alguno de esos dichosos clavosâ, pero no tuve
mucho tiempo para pensar en ella, dado todo lo que tenĂamos que hacer. De
repente, la cortina volviĂł a abrirse y me sumergĂ de nuevo en el mundo de
Hegbert Sullivan, paseando frente a varias tiendas y mirando los escaparates en
busca de la caja de mĂșsica que mi hija querĂa para Navidad.
Estaba de espaldas a Jamie, cuando esta apareciĂł en escena, pero oĂ que la
multitud exclamaba de forma colectiva con admiraciĂłn. Me pareciĂł raro que
unos momentos antes todo estuviera en silencio, y que, en cambio, de repente,
hubiera un gran murmullo entre el pĂșblico que algunos intentaban acallar con los
caracterĂsticos « chis» . Justo entonces, por el rabillo del ojo, vi a Herbert, que
estaba en un rincĂłn del escenario, detrĂĄs de la cortina. Le temblaba la mandĂbula.
Me preparé para darme la vuelta y, cuando lo hice, finalmente comprendà la
reacciĂłn del pĂșblico.
Por primera vez desde que la conocĂa, su pelo de color miel no estaba sujeto
en un moño tenso, sino que caĂa en una sedosa cascada que le acariciaba los
hombros, mucho mĂĄs largo de lo que habĂa imaginado. Llevaba un poco de
purpurina en el pelo, que brillaba bajo los focos de una forma luminosa, como si
se tratara de un halo de cristal. En contraste con su vaporoso vestido blanco,
confeccionado especialmente a medida para ella, el resultado era fascinante.
Jamie no parecĂa la niña con la que me habĂa criado, ni tampoco la chica
adolescente en la que se habĂa convertido recientemente. LucĂa un toque de
maquillaje, no mucho, solo lo bastante como para realzar la suavidad de sus
rasgos. SonreĂa levemente, como si fuera la dueña de un secreto muy especial,
tal y como sucedĂa en la obra.
ParecĂa un ĂĄngel de verdad.
SĂ© que se me desencajĂł un poco la mandĂbula y me quedĂ© de pie,
contemplĂĄndola, durante lo que pareciĂł un largo intervalo de tiempo, extasiado
en silencio, hasta que de repente recordĂ© que tenĂa que recitar una frase. AspirĂ©
hondo y, luego, lentamente, dije:
âEres preciosa.
Creo que todo el mundo en la sala, desde las ancianitas con el pelo azulado de
las primeras filas hasta mis amigos, situados al final de sala, se dio cuenta de que
realmente lo decĂa de todo corazĂłn.
Por primera vez, bordé la frase
En la obra, Tom Thornton se queda maravillado cuando ve al ĂĄngel por
primera vez; por eso va con ella por toda la ciudad y la ay uda, y de ese modo
comparte la Navidad con los mĂĄs desafortunados. Las primeras palabras que
Tom pronuncia son: « Eres preciosa» . Se suponĂa que yo tenĂa que decirlas como
si las sintiera de todo corazĂłn. Era el momento crucial de la obra; establecĂa el
tono de todo lo que sucedĂa despuĂ©s. El problema, no obstante, era que, durante
los ensay os, no conseguĂa bordar la frase; probablemente la decĂa como lo habrĂa
dicho cualquiera que mirara a Jamie, a excepciĂłn de Hegbert, por supuesto. Era
la Ășnica escena en la que la señorita Garber nunca habĂa exclamado su tĂpico
« maravilloso» , asĂ que esa frase me ponĂa nervioso. Intentaba imaginarme a
alguien mĂĄs en el papel de ĂĄngel, para poder decirla con sentimiento, pero, con
todas las cosas en las que tenĂa que concentrarme, el resultado no era muy
bueno.
Jamie todavĂa estaba en su camerino cuando se abriĂł el telĂłn. AĂșn no la habĂa
visto vestida de ĂĄngel, pero no pasaba nada. Ella no aparecĂa en las primeras
escenas, que bĂĄsicamente estaban dedicadas a Tom Thornton y a la relaciĂłn que
mantenĂa con su hija.
La verdad es que no pensaba que me fuera a poner muy nervioso cuando
saliera a escena, porque habĂa ensayado mucho, pero el impacto visual fue muy
fuerte: el teatro estaba abarrotado hasta los topes y, tal y como la señorita Garber
habĂa predicho, habĂan dispuesto un par de filas extras con sillas al fondo de la
sala. Normalmente, el aforo era para cuatrocientas personas, pero, con aquellas
sillas de mĂĄs, habĂa por lo menos otras cincuenta personas sentadas. AdemĂĄs,
tambiĂ©n habĂa gente de pie, apoyada contra la pared, apretujada como sardinas
en una lata de conservas.
Tan pronto como salĂ a escena, todo el mundo se quedĂł absolutamente
callado. Me di cuenta de que la multitud estaba formada sobre todo por las tĂpicas
ancianitas con el pelo azulado, las que juegan al bingo y acompañan el almuerzo
de los domingos con un cĂłctel bloody mary, aunque podĂa ver a Eric sentado con
todos mis amigos cerca de la fila del fondo.
Todo aquello me puso los pelos de punta; no sé si me entiendes, me refiero a
eso de estar frente a tanta gente que esperaba a que y o dijera algo.
AsĂ que hice todo lo que pude por apartar los temores de mi mente mientras
recitaba mis frases en las primeras escenas de la obra. Sally, el portento con un
ojo de cristal, hacĂa el papel de mi hija, porque era de complexiĂłn pequeña, y
actuamos frente al pĂșblico tal y como habĂamos ensayado. No nos equivocamos
en ninguna frase, aunque la verdad es que nuestra actuaciĂłn tampoco fue
espléndida. Cuando corrieron las cortinas para pasar a la segunda escena,
tuvimos que cambiar rĂĄpidamente el decorado. Esta vez todo el mundo participĂł,
y no me pillé los dedos ni una sola vez, pues evité a Eddie a toda costa.
AĂșn no habĂa visto a Jamie âsupuse que no debĂa ayudar a cambiar de
Debo decir que cada que veo la pelĂcula, me emociono como si fuera la primera vez que la veo. â€ïžâš
Estoy nuevamente viendo el anĂĄlisis de Farid Dieck , y me hizo recordar estĂĄ parte del libro đ.
âNo tenĂas que hacerlo. âElla tambiĂ©n mantenĂa el tono bajo, y su voz
sonaba casi musical.
âYa, pero querĂa hacerlo.
HabĂa dejado el regalo en un rincĂłn, asĂ que me levantĂ© para ir a buscarlo;
luego regresé a su lado con un paquete envuelto con un vistoso papel.
âÂżTe importa abrirlo por mĂ? En estos momentos, tengo las manos ocupadas.
âBajĂł la vista hacia la pequeña y despuĂ©s volviĂł a mirarme.
âNo tienes que abrirlo ahora, si no quieres. No es gran cosa âaleguĂ©, al
tiempo que me encogĂa de hombros.
âNo seas tonto. No se me ocurrirĂa abrirlo si tĂș no estĂĄs presente.
Para aclarar mis ideas, miré primero el regalo y luego empecé a abrirlo,
levantando la cinta adhesiva con suavidad, para no hacer mucho ruido; luego
desenvolvà el papel hasta que vi la caja. Dejé el papel a un lado, levanté la tapa,
saqué el jersey y lo sostuve en alto para que Jamie pudiera verlo. Era de color
marrĂłn, como los que ella solĂa llevar, pero pensĂ© que no le irĂa mal uno nuevo.
DespuĂ©s de las muestras de alegrĂa que habĂa visto antes, no esperaba una
gran reacciĂłn por su parte.
âÂżLo ves? Ya te lo habĂa dicho; no es gran cosa âme excusĂ©. Esperaba que
no se sintiera decepcionada.
âEs precioso ârespondiĂł ella con absoluta sinceridadâ. Me lo pondrĂ© la
prĂłxima vez que quede contigo. Gracias.
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Acto seguido, dio media vuelta y atravesĂł el umbral. Apenas pude ver la leve
sonrisa que se dibujĂł suavemente en sus labios cuando, con disimulo, mirĂł hacia el porche al cerrar la puerta.
Al dĂa siguiente, la recogĂ a la hora convenida y me alegrĂ© al ver que, de nuevo, llevaba el pelo suelto. Se habĂa puesto el jersey que le habĂa regalado, tal
y como me habĂa prometido.
âÂĄEs un milagro! âexclamĂł Jamie despuĂ©s de contar el dinero.
âÂżCuĂĄnto hay? âpreguntĂ©, a pesar de que sabĂa la cantidad exacta.
âÂĄAquĂ hay casi doscientos dĂłlares con cuarenta y siete centavos! âMe
mirĂł a la cara, arrebolada de alegrĂa.
Dado que Hegbert estaba en casa, pude entrar y sentarme en el comedor, y
allĂ fue donde Jamie contĂł el dinero. HabĂa agrupado las monedas con esmero,
formando unas pilas que se extendĂan por todo el suelo; la may orĂa eran de diez y
de veinticinco centavos. Hegbert estaba en la cocina, sentado junto a la mesa,
escribiendo su sermón, e incluso él giró la cabeza cuando oy ó el alborozo en la
voz de su hija.
âÂżCrees que serĂĄ suficiente? âpreguntĂ© con aire inocente.
Las lĂĄgrimas rodaban por las mejillas de Jamie mientras contemplaba el
espacio a su alrededor, sin todavĂa dar crĂ©dito a lo que veĂa. Ni siquiera despuĂ©s
de la funciĂłn de teatro se habĂa mostrado tan feliz. Me mirĂł directamente a los
ojos.
âEs⊠maravilloso âdijo, sonriendo. Su voz contenĂa mĂĄs emociĂłn de la que
jamĂĄs habĂa oĂdo antesâ. El año pasado solo obtuve setenta dĂłlares.
âMe alegro de que este año haya sido mejor âafirmĂ©, no sin dificultad, a
causa del nudo que se me habĂa formado en la gargantaâ. Si no hubieras dejado
esas huchas a principios de año, seguro que no habrĂas conseguido tanto dinero.
Estaba mintiendo, pero no me importaba. Por una vez, mentir era lo correcto.
No ayudĂ© a Jamie a elegir los juguetes âsupuse que ella sabrĂa
perfectamente lo que los niños querĂanâ, pero insistiĂł en que fuera con ella al
orfanato en Nochebuena para estar presente cuando los niños abrieran los
regalos.
âPor favor, Landon âme suplicĂł y, al verla tan emocionada, no tuve coraje
para rechazar su invitaciĂłn.
AsĂ que tres dĂas mĂĄs tarde, mientras mi padre y mi madre asistĂan a una
fiesta en casa del alcalde, me puse una americana de pata de gallo y mi mejor
corbata y enfilé hacia el coche de mi madre con un regalo para Jamie bajo el
brazo. HabĂa gastado mis Ășltimos dĂłlares en un bonito jersey ; fue lo Ășnico que se me ocurriĂł comprarle. No era exactamente fĂĄcil comprarle un regalo a esa
chica.
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Cuando finalmente las partĂculas de polvo se posaron de nuevo sobre los
muebles y todos los regalos estuvieron abiertos, el ambiente empezĂł a sosegarse.
El señor Jenkins y una señora que no habĂa visto nunca antes se dedicaron a
limpiar la sala. Algunos de los niños mås pequeños empezaban a quedarse
dormidos debajo del ĂĄrbol. Varios chicos mayores se retiraron a sus habitaciones
con sus regalos; uno de ellos, de camino a la puerta, dio media vuelta al
interruptor para atenuar la luz de las lĂĄmparas del techo. Las lucecitas del ĂĄrbol
emitĂan una luminosidad etĂ©rea; mientras tanto, en el fonĂłgrafo que habĂan
instalado en un rincĂłn, sonaba suavemente el villancico Silent Night, con su lenta
melodĂa.
Yo todavĂa seguĂa sentado en el suelo junto a Jamie, quien sostenĂa a una
niñita que se habĂa quedado dormida en su falda. Debido a la gran algarabĂa, no
habĂamos tenido oportunidad de hablar, aunque tampoco fuera algo que nos
importara. Los dos contemplåbamos las lucecitas del årbol, y me pregunté en
quĂ© debĂa estar pensando Jamie. No lo sabĂa, pero la verdad era que lucĂa una
mirada risueña. PensĂ© âo, mejor dicho, tuve la certezaâ de que estaba
encantada con el transcurso de la velada y, en el fondo, yo también lo estaba.
HabĂa sido la mejor Nochebuena de mi vida.
La miré. Con su cara iluminada por las lucecitas de colores, estaba mås
guapa que ninguna otra chica que jamĂĄs hubiera visto.
âTengo algo para ti âdije al finalâ; un regalo, quiero decir.
Pronuncié las palabras con suavidad para no despertar a la pequeñina, y
esperé que mi tono enmascarara el nerviosismo en mi voz.
Jamie se girĂł hacia mĂ para mirarme a los ojos y me sonriĂł con dulzura.
Chicos y chicas, encontrĂ© un anĂĄlisis de Farid Dieck de la pelĂcula, les recomiendo ver el vĂdeo.
