Para mí, la Navidad siempre fue la peor época del año. Tenía que ver como el resto del mundo disfrutaba en paz y harmonía de lo que yo nunca tuve: familia. Mi madre y yo solo nos teníamos la una a la otra y cada año poníamos todo de nuestro parte para tener unas buenas fiestas, pero al final se acaba torciendo, siempre por el mismo motivo.
En estas fechas tan familiares, era cuando más intentaba que mi madre me revelara la identidad de mi padre, pero siempre se negaba y acabábamos a gritos. Su versión era siempre la misma: se conocieron de fiesta, echaron un polvo en su coche, se quedó embarazada y prefirió dejarlo al margen de todo, jamás se lo contó. Nunca quiso decirme su nombre, su edad, nada que me pudiera dar una pista para encontrarlo. La única forma que tenía de vengarme era no darle nunca información de los chicos con los que salía. Pero esta vez me estaba costando, porque mi novio me tenía realmente ilusionada. Solo accedí a contarle que era bastante mayor que yo, por si la relación prospeaba tal y como deseaba, para que no hubieran sorpresas.
Carmen, mi madre, me propuso que lo invitara a cenar con nosotras en nochebuena, y aunque al principio me pareció una locura, le prometí que le trasladaría su invitación para que él decidiera. Por lo que me había contado Ricardo, mi profesor de sociología y actual pareja, él tampoco tenía con quien pasar las navidades así que quizá aceptara. Para salir de dudas decidí acercarme a su casa.
Sabía que lo iba a poner en un compromiso, así que tenía que ir bien preparada para convencerlo. Antes de salir de casa me quité la ropa, me puso los zapatos de tacón y un abrigo largo por encima de mi cuerpo desnudo. Iba a por todas. En el metro iba muy incómoda, daba la sensación de que todo el mundo sabía lo que ocultaba. Tras ocho eternas paradas llegué a su portal. Un último ensayo en el ascensor y que pasara lo que tuviera que pasar. Tampoco sería una desgracia que se negara.
- Lola, ¡qué sorpresa!
- Tenía ganas de ver a mi chico.
- Yo siempre tengo ganas de verte.
- ¿Estabas ocupado?
- No, corregía vuestros trabajos, pero tengo muchos días por delante.
- Mejor, porque te quería comentar una cosa.
- Vale, pero quítate el abrigo, ¿no?
La conversación tendría que esperar, porque al verme tal y como mi madre me trajo al mundo se abalanzó sobre mí. Tenía debilidad por mis pechos, enormes como los de mi madre, y nunca desaprovechaba la ocasión para demostrármelo. Me sentó en el sofá de un empujón, se sacó la polla tiesa y me la metió entre las tetas. Debo reconocer que sé sacar partido a mis atributos y la paja cubana es mi especialidad. Me follaba los melones con fuerza, empujando mi cabeza hacia abajo para que se la chupara. No era como los niñatos con los que había estado, este tenía experiencia, aguante e imaginación. Pero nadie resiste demasiado a mis habilidades y se acabó corriendo sobre mí pecho de forma abundante.
Después de limpiarme decidimos seguir la fiesta en la cama. Como no quedaban preservativos, le dejé que jugara un rato con mi culo. No era tan espectacular como lo parte delantera, pero le encantaba. Todavía no había llegado a penetrarme, lo que le gustaba era comérmelo. Me lo lamía, me metía la lengua en el ano y luego el dedo pulgar, mientras yo, sentada sobre su cara, le hacía una paja lenta que me regaba de semen por segunda vez.
Esa tarde no hubo recompensa para mí, pero me dio igual, lo importante era explicarle lo de la invitación y que, decidiera lo que decidiera, aquello no afectara a nuestra relación.
- Ricardo, ¿te acuerdas de que te quería comentar una cosa?
- Claro, amor, pero recuerda que quiero que me llames Ricky.
- Es cierto. Voy al grano: mi madre quiere que vengas a cenar en nochebuena.
- ¿Tú quieres que vaya?
- Creo que podría estar bien, es un paso en lo nuestro.
- Pues allí estaré.
- Muchas gracias, mi vida.
- ¿Hay algo que deba saber de tu madre?
- No, es una mujer normal, más o menos de tu edad.
- ¿Se parece a ti?
- No mucho, sólo en la escasa estatura y la excesiva delantera.
- Entonces nos llevaremos bien.