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Podéis llamarlo “desastre natural” todas las veces que queráis. Pero cuando los glaciares pierden hielo, el terreno se desestabiliza y las montañas empiezan a venirse abajo, la naturaleza no está improvisando: está respondiendo a un planeta que estamos calentando a toda velocidad.
El cambio climático no necesita permiso para entrar en escena.
Ya está aquí, cobrando vidas.
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Prender fuego en los cuernos de un animal y soltarlo entre una multitud no se vuelve menos salvaje porque lleve siglos haciéndose. La palabra “tradición” sirve demasiado a menudo para ponerle un lazo cultural a la crueldad.
Si para mantener vivo tu patrimonio necesitas aterrorizar animales tienes un problema serio
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El Mediterráneo ya está funcionando como gasolina para una atmósfera cada vez más violenta.
No falta información: sobra cobardía para actuar antes de que esto se convierta en rutina.
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En Ibiza te piden responsabilidad con cada gota mientras el lujo puede quemar hasta 170.000 litros para fabricar un lago de atrezo durante una fiesta.
Esa es la pedagogía ecológica del sistema: disciplina para quienes viven allí, barra libre para quien puede pagar.
Después se preguntan por qué hablamos de lucha de clases...
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El abandono es inflamable.
El abandono también arde. Arde cuando faltan bomberos, cuando se precariza la prevención y cuando las advertencias se acumulan hasta que una chispa convierte años de dejadez en miles de hectáreas quemadas. Después llegan las cámaras y las caras de preocupación. Aragón no necesita más pésames institucionales: necesita medios, prevención y responsabilidades políticas.
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Hemos convertido la crisis climática en un manual de sacrificios para pobres mientras el despilfarro de los ricos se exhibe como lujo. Por eso la ecología sin lucha de clases acaba siendo exactamente eso: jardinería.
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La especie que inventó satélites, inteligencia artificial y viajes al espacio ha decidido enfrentarse al colapso climático en chanclas, móvil en mano y con una cerveza en la terraza. El monte arde a pocos metros y nosotros buscamos el mejor encuadre para Instagram.
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El fuego desaparece de las portadas mucho antes de desaparecer del paisaje. Después llegan la lluvia, el barro y las cenizas a recordar que quemar un bosque también significa perder suelo, contaminar ríos y dejar pueblos enteros más expuestos durante años. Pero aquí seguimos gestionando cada verano como si el monte tuviera memoria de pez. La tiene. Y nos pasa la factura.
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En Italia hay bancos que aceptan ruedas de parmesano como garantía para conceder préstamos. El queso envejece en almacenes, sube de valor y acaba funcionando casi como un lingote comestible. Mientras millones de personas no pueden pagar una dieta saludable, hemos conseguido montar un sistema en el que hasta la comida sirve mejor para respaldar dinero que para llenar platos.
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Hace siete años, Greta Thunberg dijo algo que muchos prefirieron ridiculizar: «Nuestra casa está en llamas».
Hoy, con récords de temperatura, incendios, sequías y fenómenos extremos cada vez más frecuentes.
A muchos les va a doler, pero Greta tenía razón.
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Décadas poniendo el crecimiento, los beneficios y la propiedad por delante del planeta. Ahora llega la factura: récords de calor, mares a 30 grados, cultivos arruinados, incendios y vidas destrozadas.
Nos dijeron que ya habría tiempo. Pues bien: ya es mañana. Y seguimos gobernados por gente que prefiere salvar el negocio antes que el mundo que hace posible cualquier negocio.
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Santiago convertida en una despedida de soltero gigante. Mallorca tratada como un resort privado para ricos. Barcelona con turistas enfadados porque la gente se cruza en sus vídeos.
El turismo de masas está criando la idea de que las ciudades existen para servir a quien viene tres días.
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El negocio que faltaba: cobrar por ir a la playa. Convertir arena, mar y costa en otro filtro por renta. Que una familia tenga que mirar precios antes de extender la toalla mientras hoteles y empresas hacen caja con un espacio que pertenece a todos.
La playa es también del que llega con bocadillos, nevera y sombrilla del año de la pera.
No hace falta una pulsera de hotel ni pagar una tumbona de 40 euros para tener derecho al mar. Si pretenden cercar lo público, habrá que recordarles quién manda llenándolo de gente.
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Las grandes energéticas continúan defendiendo el negocio fósil mientras el coste lo pagan los pueblos: montes arrasados, viviendas perdidas, animales muertos y trabajadores jugándose la vida frente al fuego. Los incendios empiezan mucho antes de que aparezca la primera llama, en los despachos donde se protegen beneficios, se bloquea la transición ecológica y se decide que actuar puede esperar otro año.
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Un bombero llega a apagar un incendio y encuentra el foco lleno de restos de fuegos artificiales.
Luego vendrán el «se hizo toda la vida» y los ataques a los "ecolojetas". Pero los datos son claros: más de 8 de cada 10 incendios forestales en España tienen origen humano. Y con un clima cada vez más caliente y seco por el cambio climático, una chispa basta para convertir una imprudencia en una tragedia.
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Sí, siempre hubo días de calor. Lo que vemos ahora son récords encadenados, noches insoportables, sequías prolongadas, incendios cada vez más violentos y temperaturas que antes eran excepcionales. Los recuerdos personales no borran décadas de datos.
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A Praia das Catedrais, en Galiza: hasta 4.812 personas al día sobre un espacio frágil, protegido y ya evacuado por masificación. Cuando llegan con dinero, la saturación se llama turismo. “Invasión” se reserva para los pobres.
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Un pensamiento incomodo
El negacionismo climático de la derecha no nace de la ignorancia, sino de una red perfectamente engrasada de dinero, propaganda y poder. Petroleras, grandes fortunas y fundaciones ultraconservadoras llevan décadas financiando laboratorios de opinión, pseudocientíficos y think tanks cuya función no es investigar, sino fabricar dudas. Cada año que consiguen retrasar una ley, una tasa o una restricción ambiental significa más beneficios para quienes están incendiando el planeta desde sus consejos de administración.
La ultraderecha ha convertido esa operación económica en una guerra cultural. Presenta cualquier límite a las emisiones como un ataque a la libertad, cualquier regulación como una conspiración globalista y cualquier transición ecológica como un castigo contra la gente corriente. Mientras señala al trabajador que conduce un coche viejo, protege a las corporaciones que contaminan continentes enteros. Su negocio político consiste en dirigir el enfado hacia abajo para que nadie mire a quienes están arriba haciendo caja. Y lo hacen muy bien.
Reconocer la crisis climática obligaría a admitir algo insoportable para su dogma: el mercado no se corrige solo, el crecimiento infinito es una estafa y los poderes públicos tienen que intervenir. Por eso prefieren negar las evidencias, ridiculizar a la ciencia y prometer que mañana seguirá existiendo el mismo mundo de ayer. No están defendiendo tu libertad. Están defendiendo el derecho de unos pocos a enriquecerse durante unos años más, aunque después nos dejen a todos viviendo entre incendios, sequías y ruinas.
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Fotografía: Maximilien Lamy / AFP.
Mientras media Europa arde, todavía hay quien sigue hablando del cambio climático como si fuera un debate ideológico. Esta fotografía, tomada en Lacanau (Francia), muestra a dos personas en la playa mientras un incendio gigantesco levanta una columna de humo que cubre el horizonte.
No es una imagen del futuro.
Es el presente.
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Una comunidad indígena de Ontario ha quedado reducida a cenizas. Sus habitantes huyeron en pequeñas embarcaciones mientras ardían sus casas.
No fue algo “natural”. Natural no es acabar con el planeta para que las petroleras sigan batiendo récords mientras quienes menos contaminan lo pierden todo.
