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Semisoidal link.(NFSW)

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¡Hola! Soy Roy Sardón y estoy aquí para ayudarte a ti y a miles de personas más a expresar su creatividad. Mi misión es transformar esos mundos fantásticos que habitan en tu imaginación en impresionantes obras de arte a través del dibujo @Roy_Sardon

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Directo directito directoso Para hablar cualquier tontería y ver dibujo ricolinos

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Que despues se me estresan

Ya paro con esto no más ia

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19/08/2025 ¿No creés que este dibujo es hermoso? A partir de ahora estaré compartiendo con ustedes las actualizaciones más re
19/08/2025 ¿No creés que este dibujo es hermoso? A partir de ahora estaré compartiendo con ustedes las actualizaciones más recientes de mi arte, mi vida y mis futuros proyectos. También lo usaré como una pequeña excusa para cuando pase mucho tiempo sin dibujar… o cuando simplemente quiera tomarme unas vacaciones. Antes de despedirme, les dejaré una pista de lo que publicaré muy pronto: Los nombres se sentirán regocijados solo por el placer de saborear un banquete que, en realidad, únicamente ellos pueden amar. Pero cuidado: no todo lo que se celebra merece ser celebrado… y a veces lo que parece un festín termina siendo solo un plato servido para el ego. Adivina… y serás el primero en disfrutarlo. Recordá: el nombre del plato también es la respuesta correcta.

filipendo
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A todos aquellos que hayan sido lo suficientemente vagos para saltarse todo este mensaje dejen su corazón aquí .

Recuerda que este es el Manual del Perfecto Vago™, diseñado para que vivas con el menor esfuerzo posible, mientras disfrutas de una vida cómoda y medianamente estable. Ahora, si eres de esos masoquistas que quieren una vida “emocionante y caótica”, allá tú. Aquí no encontrarás adrenalina ni épicas aventuras, pero sí encontrarás lo que de verdad importa: siestas prolongadas, excusas impecables y la dulce satisfacción de no haber hecho absolutamente nada. Y con esto, doy por terminada tu primera lección hacia la grandeza de la vagancia. Prepárate, porque si perseveras, un día podrás alcanzar el título más alto de todos:
Gran Maestro de la Vagancia Suprema, Protector del Sofá, Guardián de las Siestas Eternas y Señor de la Excusa Perfecta.
Ahora cierra este manual y… ya sabes. No hagas nada.

🛋️ El Arte de la Vagancia La guía definitiva para ser el vago que siempre soñaste ser Todo el mundo quiere tener tiempo libre para hacer lo que le dé la gana… o simplemente para no hacer nada en absoluto, tirarse a disfrutar de la vida sin la molesta sensación de que te vas a morir sin haber hecho nada útil. Porque seamos honestos: a nadie le gusta trabajar. Pero incluso para ser un vago de verdad hay que seguir ciertas reglas. Y como orgulloso licenciado en esta noble materia, yo, su maestro de la procrastinación avanzada, he venido a iluminar sus caminos con esta guía. Aquí descubrirás los pasos esenciales para elevar tu pereza al nivel de arte, y aprenderás a malgastar el tiempo como un verdadero profesional. 1. Cuida tu cuerpo y tu mente (lo justo y necesario, tampoco te emociones) La ciencia —esa misma que te dice que dormir tres horas es malo pero igual lo haces— asegura que si pasas demasiado tiempo sin hacer nada, tu cuerpo y tu mente se deterioran. Y claro, no queremos que tu meta de ser el mejor vago del mundo se vea interrumpida por achaques de espalda o lagunas mentales. Ahora, no confundas cuidar el cuerpo con hacer ejercicio en serio. ¡Por favor! ¿Acaso quieres aprovechar tu tiempo? Eso sería un sacrilegio. Aquí buscamos un cuerpo mínimamente saludable, lo suficiente para seguir tirado en la cama sin que cada movimiento se sienta como una fractura múltiple. Mi consejo: busca pasatiempos inútiles que requieran un poquito de movimiento. Algo divertido y sin propósito. Lo importante es mantener la ilusión de que haces algo, cuando en realidad sigues siendo el mismo inútil, pero con las rodillas medio decentes. Y la mente… bueno, hasta las neuronas necesitan calistenia ligera. Juega videojuegos, rompe un par de rompecabezas o habla con tus amigos (sí, esos que aún no se han cansado de ti). Todo cuenta como “ejercicio mental”. Si logras mantener estas dos cositas, tu vagancia será mucho más cómoda: no te dolerá tanto levantarte del colchón ni perderás la capacidad de contar hasta diez sin ayuda. 2. Aprende a ganar dinero con el mínimo esfuerzo Tus padres no son inmortales. Tus abuelos tampoco. Y lo siento, pero no planean mantenerte hasta los 40. Así que toca generar ingresos… sin que eso implique trabajar, claro. ¿Un trabajo “normal”? ¡Por favor! Eso va en contra de los estatutos de esta religión de la pereza. Aquí buscamos la forma más inteligente de ganar dinero: hacer algo que te guste, para así engañar a tu cerebro y que crea que “no es trabajo”. Mira a los youtubers: hace años nadie los tomaba en serio, y ahora ganan más que un médico. Eso significa que cualquier cosa inútil que hagas —con suficiente tiempo y paciencia— puede convertirse en un empleo legítimo. Eso sí, no esperes ejemplos prácticos de mi parte. Yo mismo aún estoy intentando que este canal de dibujo me mantenga. Pero hey, tengo algo que tú no: tiempo. Mucho, muchísimo tiempo. 3. Haz lo suficiente, nunca lo perfecto Aquí viene la joya de la corona: el esfuerzo mínimo glorificado. Porque, amigo mío, es inevitable que en algún momento de tu vida tengas que hacer un poco de trabajo. Pero la clave está en hacer lo justo y necesario. Nada de esforzarte de más, y mucho menos caer en esa trampa ridícula llamada “perfección”. ¿Que la perfección no existe? Claro que sí. El problema es que dura lo mismo que un meme en Twitter. Hoy lo que haces puede ser perfecto… hasta que llegue otro con más motivación (o con un café triple expreso) y lo haga mejor. Adiós a tu momentito de gloria. Así que, salvo que quieras ser un “ejemplar humano excepcional” (qué asco suena eso), no te recomiendo apuntar demasiado alto. El techo es bajo, y eso está bien. Aquí buscamos estabilidad, no estrellato. Conclusión Felicidades, querido aprendiz, has completado este tutorial de vagancia sin quemar una sola neurona extra.

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ya quisiera ser es peluche para estar rodeado por esa dos montañas
ya quisiera ser es peluche para estar rodeado por esa dos montañas

—No se preocupen. Yo los alcanzaré. Con esas palabras, salió a enfrentar a los demonios, mientras sus hijos huían entre las sombras del bosque. Corrieron hasta que sus pies sangraron, hasta que el corazón quiso abandonarles el pecho. Llegaron finalmente a un acantilado: ante ellos, un mar infinito y cruel. Detrás, los demonios. No había salida. Así que, tomados de las manos, decidieron saltar. El hermano mayor extendió sus alas, abrazó con fuerza a su hermano menor, y juntos se alzaron hacia la libertad. Por primera vez, volaron los dos. Pero la libertad fue efímera. Una flecha atravesó el ala del mayor, haciéndolos perder el equilibrio. El menor cayó en las fauces hambrientas del mar, mientras el mayor se perdió en las corrientes del cielo. Jamás volvieron a encontrarse. Roy calla. La vela chisporrotea, como si la historia hubiera consumido parte de su llama. —Fin —dice finalmente, con un deje de amargura—. ¿Qué te ha parecido? El silencio se prolonga, pesado. No respondes. Una decepción amarga cruza su mirada. —¿En serio? —chasquea la lengua—. No todos los cuentos tienen un final feliz. Y este, además, aún no tiene un final. El aire del cuarto se vuelve más frío. Roy sonríe apenas, aunque no sepas cómo. —Te hice esta historia para ti. Porque sé que me observas… siempre. Y ¿sabes qué? No me molesta. Al contrario: me reconforta saber que alguien se entretiene con mi vida. Me hace sentir menos solo. Da un paso atrás, la sombra lo envuelve, y tu visión comienza a desvanecerse. Su voz se queda flotando en la oscuridad: —Gracias por estar aquí. Y entonces, todo se apaga.

Un panda rojo, de apariencia joven pero con ojos cansados, te observa desde el interior de un cuarto austero. El lugar huele a madera vieja y a polvo acumulado; una vela parpadea en la mesa, dejando que la sombra de Roy se alargue contra las paredes. Afuera, el viento roza la ventana con un silbido inquietante. —Buenas noches —dice Roy, su voz grave rompiendo el silencio. Tus ojos parecen iluminarse en el instante en que reconoces quién te habla. Es él, el personaje que tanto te gusta ver. Una sonrisa se dibuja en tu rostro, aunque resulta absurdo: quien en realidad te observa desde la penumbra no tiene ni ojos para ver ni boca para sonreír. Y, sin embargo, te ve. Te ve mejor que nadie. Por un momento, la lógica se desvanece y lo único que puedes hacer es aceptar lo imposible: ser observado por aquello que no debería existir. —¿Acabas de tener una crisis? —Roy ladea la cabeza, sus orejas se agitan levemente—. Mmm… creo que puedo sentir tus reacciones. Me alegra que estés feliz de verme. Su mirada —o la sensación de ella— nunca se aparta de ti. Da igual el ángulo, da igual cuánto intentes evadirlo: siempre coincide con tus ojos, como si su existencia misma dependiera de seguir tu atención. El suelo cruje bajo sus pasos, y eso te pone nervioso. —¿Te cuesta quedarte quieto? —suelta una breve risa seca—. Es raro también para mí. No puedo verte, pero puedo sentirte. Las dudas nublan tu mente, pesadas, insistentes. Intentas regresar tu atención a la ventana, donde la noche parece más segura que ese cuarto cargado de presencias. Roy suspira y retoma la palabra. —Bien. Buenas noches otra vez. Creo que es hora de presentarme —da un paso adelante, y la madera vieja suelta un lamento agudo—. Soy Roy Sardón, un Reflactarino, miembro del segundo bastión: los Custodios. Llevo más de ciento diecinueve años cazando almas. Se detiene. Inhala profundamente, como si la confesión que viene a continuación le pesara en el pecho. —Eternamente orgulloso de cumplir con mi propósito en el sagrado ciclo de almas… El silencio que arrastra después es tan denso que hasta la llama de la vela parece tambalearse. Te da la impresión de que espera algo de ti, pero antes de que logres articular un pensamiento, vuelve a hablar: —Bueno… basta de ceremonias. Vamos a lo que importa. Hoy quiero contarte una historia. Roy se acerca a la ventana, y el viento helado entra de golpe, agitando su pelaje rojizo. Te observa de reojo, con ese aire de complicidad. —No pongas esa cara, o lo que sea que tengas por rostro. Sé que soy terrible contando historias, pero practiqué para este momento. Además, no tienes nada mejor que hacer, ¿cierto? Se acomoda, apoya las patas delanteras en el marco y comienza: —Hace mucho tiempo, en una tierra cuyo nombre fue borrado por la historia, vivían dos hermanos… distintos en apariencia, pero unidos en esencia. El cuarto se oscurece más, como si la narración misma atrajera a la noche. La madera cruje bajo las palabras de Roy, y tu respiración se acompasa con el ritmo de su relato. El mayor poseía escamas negras como la obsidiana, ojos verdes encendidos y alas inmensas que dominaban los cielos. El menor, en cambio, estaba cubierto por un pelaje rojizo con rayas doradas que recordaban al crepúsculo; sus ojos brillaban como el amanecer de cada día. No podía volar, pero amaba contemplar a su hermano elevarse en libertad, imaginando en silencio cómo sería tener alas propias. Una vida de paz parecía aguardarlos… hasta que llegó el invierno número diecinueve. El sol se oscureció, el cielo rugió, y hordas de demonios descendieron para cazarlos, clamando la cabeza de su padre como castigo por haberlos criado. Los gritos de guerra retumbaban, el fuego caía del cielo y consumía sus hogares. Su padre, desesperado, los guió hasta las raíces de un árbol anciano en el bosque. Allí, les tomó las manos y, con la voz quebrada, le rogó al hermano mayor: —Protégelo. Encuentren a su madre. Las lágrimas del menor empaparon sus mejillas. Preguntó si su padre iría con ellos. Pero este solo sonrió, con una calma que no era de este mundo:

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Mirada de sexo
Mirada de sexo

No se le puede dejar ni uno minutos tranquilo