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Es hora de repensar el sistema

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Un pensamiento incomodo El negacionismo climático de la derecha no nace de la ignorancia, sino de una red perfectamente engrasada de dinero, propaganda y poder. Petroleras, grandes fortunas y fundaciones ultraconservadoras llevan décadas financiando laboratorios de opinión, pseudocientíficos y think tanks cuya función no es investigar, sino fabricar dudas. Cada año que consiguen retrasar una ley, una tasa o una restricción ambiental significa más beneficios para quienes están incendiando el planeta desde sus consejos de administración. La ultraderecha ha convertido esa operación económica en una guerra cultural. Presenta cualquier límite a las emisiones como un ataque a la libertad, cualquier regulación como una conspiración globalista y cualquier transición ecológica como un castigo contra la gente corriente. Mientras señala al trabajador que conduce un coche viejo, protege a las corporaciones que contaminan continentes enteros. Su negocio político consiste en dirigir el enfado hacia abajo para que nadie mire a quienes están arriba haciendo caja. Y lo hacen muy bien. Reconocer la crisis climática obligaría a admitir algo insoportable para su dogma: el mercado no se corrige solo, el crecimiento infinito es una estafa y los poderes públicos tienen que intervenir. Por eso prefieren negar las evidencias, ridiculizar a la ciencia y prometer que mañana seguirá existiendo el mismo mundo de ayer. No están defendiendo tu libertad. Están defendiendo el derecho de unos pocos a enriquecerse durante unos años más, aunque después nos dejen a todos viviendo entre incendios, sequías y ruinas.

Fotografía: Maximilien Lamy / AFP. Mientras media Europa arde, todavía hay quien sigue hablando del cambio climático como si
Fotografía: Maximilien Lamy / AFP. Mientras media Europa arde, todavía hay quien sigue hablando del cambio climático como si fuera un debate ideológico. Esta fotografía, tomada en Lacanau (Francia), muestra a dos personas en la playa mientras un incendio gigantesco levanta una columna de humo que cubre el horizonte. No es una imagen del futuro. Es el presente.

Una comunidad indígena de Ontario ha quedado reducida a cenizas. Sus habitantes huyeron en pequeñas embarcaciones mientras ardían sus casas. No fue algo “natural”. Natural no es acabar con el planeta para que las petroleras sigan batiendo récords mientras quienes menos contaminan lo pierden todo.

Otra vez Greta Thunberg detenida. Su delito: sentarse pacíficamente en Berlín contra la masacre de Gaza y el negocio de las armas. Greta podría vivir de homenajes y discursos cómodos. Prefiere poner el cuerpo, incomodar al poder y demostrar que la solidaridad sin acción es solo decoración. Siempre del lado de quienes se niegan a callar. Siempre con Palestina.

¿Quién paga la IA? La inteligencia artificial no vive en una nube inocente. Se sostiene sobre centros de datos gigantescos que consumen electricidad, ocupan territorio y necesitan cantidades enormes de agua. En España, Aragón se ha convertido en uno de los grandes objetivos de expansión de Amazon Web Services pese a sufrir un estrés hídrico crítico. Nos quieren convencer de que el futuro consiste en dejar de beber, regar o refrescarnos para que unos pocos tecnooligarcas acumulen todavía más poder y dinero. Firma nuestra petición para poner freno a la invasión de los centros de datos en Aragón: https://resist.es/peticiones/pedimos-freno-a-la-invasion-de-los-centros-de-datos-en-aragon/

Incendios más rápidos, extensos e imprevisibles por el cambio climático. Andalucía responde con un 14% menos de agentes medioambientales: 96 menos. Nueve días después, Los Gallardos deja al menos 11 muertos. Recortar prevención en este contexto es una irresponsabilidad política.

Un tornado en Hubei lanzó camiones a 30 metros. Camiones. 11 muertos, más de 330 heridos y miles de personas afectadas. Pero tranquilas: seguro que alguien saldrá a decir que “tormentas hubo siempre”. Sí. También hubo fuego siempre. La diferencia es cuando todo empieza a arder a la vez.

Palos de la Frontera: tercer incendio en menos de un año en el asentamiento del Polígono San Jorge. Temporeros que recogen fresas, sostienen la riqueza de Huelva y duermen entre plásticos vuelven a quedarse sin nada. El mensaje parece escrito con fuego: ya os hemos explotado; ahora desapareced hasta la próxima campaña.

Redes en las copas de los árboles para que las aves no se posen y no ensucien. Sí: redes. Porque la naturaleza ya solo molesta en un bosque de cemento. Las aves no invaden la ciudad. La ciudad invadió su hogar.

Una chispa de una radial no quema sola 2.000 hectáreas. Antes hubo abandono rural. Recortes. Falta de prevención. Trabajos con riesgo en pleno nivel 3 del Pla Alfa. Y una sociedad enferma donde parar por seguridad parece más grave que arrasar un bosque.

En Froxán, Galiza, la Fundación Montescola y Ecoloxistas en Acción impulsan una acción de restauración ambiental que dice más que muchos discursos. Donde el modelo forestal dominante ve turnos de corta, pasta de papel y beneficio rápido, hay vecinas y colectivos defendiendo otra cosa: biodiversidad, suelo vivo, agua, especies autóctonas y futuro rural. Mientras unos secan la tierra para hacer negocio, otros la cuidan para que siga habiendo mañana. Y en un momento en el que el Gobierno debe definir cómo será el Plan Nacional de Restauración, experiencias como la de Froxán muestran el camino: restaurar no es plantar cualquier cosa en cualquier sitio, sino recuperar ecosistemas vivos, reforzar la biodiversidad y poner a las comunidades que habitan el territorio en el centro de las decisiones. El monte no es mercancía. El monte está vivo.

París ha levantado cemento frente a su ayuntamiento para plantar un bosque urbano. Donde antes había una plaza pensada para pasar rápido y consumir, ahora habrá sombra, frescor y vida. La pregunta es simple: ¿qué excusa tienen las demás ciudades?

RIMPAC 2026: 31 países, 31 buques, 5 submarinos, 197 aeronaves y más de 30.000 militares jugando a la guerra mientras el planeta arde. Luego te dirán que salves el clima con una pajita de cartón. Ecología sin lucha de clases es jardinería

El calor de siempre Europa se derrite: muertos por calor, trenes fallando, nucleares apagándose y puentes regados para que no revienten. Y aún dicen “el calor de siempre”. No. Es el clima respondiendo a décadas de petróleo, carbón y beneficios privados. No es verano. Es lucha de clases a 44 grados.

Nos piden duchas cortas, táper reutilizable y culpa individual mientras los superricos desayunan entre yates, helicópteros y barcos de servicio. No hay transición ecológica posible con una élite quemando el planeta por capricho. El problema no es tu pajita. Es su lujo obsceno.

El capitalismo explicado en dos escenas: Louis Vuitton monta una playa artificial en París en plena ola de calor y lo llaman lujo. Unos chavales ponen una piscina de plástico en un barrio popular y aparece la policía. Si el calor lo monetiza una marca, es glamour. Si lo combate el barrio, es delito.

¿Dejarías jugar a tu hijo a 60º de temperatura? Pues hay coles en los que lo hacen. Greenpeace ha visitado seis centros educativos del estado español para documentar con cámaras termográficas las temperaturas que se viven estos días. Y los resultados son incendiarios. El futuro que le estamos dejando a estos niños es aterrador. Pero es que el presente ya asusta. La adaptación de los edificios y patios a la nueva realidad climática no es ningún capricho. Es una cuestión de salud pública y del derecho a una educación de calidad. Las administraciones no pueden seguir mirando para otro lado desoyendo a las familias y las voces expertas. Si estas condiciones se consideran inaceptables en un entorno laboral ¿por qué las aceptamos para nuestros hijos?

Diez años sin Berta Cáceres. Diez años sin justicia. La mataron por defender un río frente a quienes convierten la vida en negocio y a los pueblos indígenas en estorbo. El GIEI Honduras confirma lo que su familia y el COPINH llevan años denunciando: no fue un crimen aislado. Fue una trama con sicarios, militares, empresas, dinero internacional y complicidades institucionales. Pero esta vez no lo contamos nosotras.

El turismo en las ciudades se está convirtiendo en una forma de saqueo: entra sonriendo, paga tres noches y deja detrás alquileres imposibles, barrios vaciados y vecinas expulsadas. No viene a conocer la ciudad, viene a consumirla hasta dejarla irreconocible. Donde había vida ponen candados, donde había comercio ponen brunch, donde había comunidad ponen apartamentos turísticos. Y luego todavía nos piden que sonriamos porque “trae riqueza”, como si la riqueza no se la llevaran siempre los mismos mientras la ciudad se queda sin gente.

Vidas de plástico. Fruta que parece plástico, comida diseñada para durar más que para alimentar y azúcar disfrazado de desayuno. Ese es el modelo que nos quieren vender: primero basura como comida, luego medicamentos, después culpa por enfermar.